—Id por mi hija Leonorina, e no vengan con ella sino vos ambas.

Ellas así lo ficieron, e a poco rato vinieron con ella, trayéndola entre sí por los brazos, e como quiera que ella viniese muy bien guarnida, todo parecía nada ante lo natural de su gran fermosura, que no había hombre en el mundo que la viese que se no maravillase e no alegrase en la mirar. Ella era niña, que no pasaba de nueve años, e llegando donde su madre la Emperatriz estaba, besóle las manos con homil reverencia, e sentóse en el estrado más bajo que ella estaba. El Caballero de la Verde Espada la miraba muy de grado, maravillándose mucho de su gran fermosura, que le parecía ser más fermosa de las que él visto había por las partes donde andado había, e membróse aquella hora de la muy fermosa Oriana, su señora, que más que a sí amaba, e del tiempo en que la él comenzó a amar, que sería de aquella edad, e de cómo el amor que entonces con ella posiera siempre había crescido, e no menguado. Tanto fué encendido en esta membranza, que, como fuera de sentido, le vinieron las lágrimas a los ojos; así que todos le vieron llorar, que por su gran bondad todos en él paraban mientes; mas él, tornando en sí, habiendo gran vergüenza, alimpió los ojos e fizo buen semblante. Mas el Emperador, que más cerca estaba, que así lo vió llorar, creyó que lo no haría sin algún gran misterio. Gastiles, que cabe él estaba, dijo:

—¿Qué será, que tal hombre como este en tal parte así llorase?

—Yo no se lo preguntaría —dijo el Emperador—, mas creo que fuerza de amor gelo hizo hacer.

—Pues, señor, si lo saber queréis, no hay quien lo sepa sino el maestro Elisabat, en quien mucho se fía, e fabla mucho con él apartadamente.

Entonces lo mandó llamar, e hízolo sentar ante sí, e le dijo:

—Maestro, quiero que me digáis una verdad, si la sabéis. ¿Por qué lloró agora el Caballero de la Verde Espada? Decídmelo, que de lo ver estoy espantado; que si alguna necesidad tiene en que haya menester mi ayuda, yo gela haré tan entera de que él será bien contento.

Cuando esto oyó el maestro, dijo:

—Señor, eso no lo sabría decir, porque es el hombre del mundo que mejor encobre aquello que él quiere que sabido no sea; pero yo le veo llorar e cuidar tan fieramente, que no parece en él haber sentido alguno, e sospira con tan gran ansia como si el corazón en el cuerpo se le quebrase. E ciertamente, señor, en cuanto yo cuido, es gran fuerza de amor que le atormenta, teniendo soledad de aquella que ama; que si otra dolencia fuese, ante a mí que a otro ninguno soy cierto que se descobriría.

—Ciertamente —dijo el Emperador—, así lo cuido yo como lo decís, e si él ama a alguna mujer, a Dios ploguiese que acertase ser en mi señorío, que tanto haber y estado le daría yo, que no hay rey ni príncipe que no hobiese placer de me dar su hija para él.