—Por Dios, Caballero de la Verde Espada, mi buen amigo, como quiera que Dios me haya fecho tan grande hombre y venga del linaje de aquellos que este señorío tan grande tovieron, más merecéis vos la honra que la yo merezco; que vos la ganastes por vuestro gran esfuerzo, pasando tan grandes peligros cual nunca otro pasó, e yo tengo la que me vino dormiendo e sin merecimiento mío.

El Caballero del Enano le dijo:

—Señor, a las cosas que tienen medida puede hombre satisfacer; pero no a esta, que por su gran virtud en tanto loor me ha puesto; e por esto, señor, quedará para que esta mi persona hasta la muerte le sirva en aquellas cosas que me mandare.

Y así fablando se tornó el Emperador con él a sus palacios, y el de la Verde Espada iba mirando aquella gran ciudad, e las cosas extrañas e maravillosas que en ella vía, e tantas gentes que lo salían a ver, e daba en su corazón con grande homildad muchas gracias a Dios porque en tal logar le guiara donde tanta honra del mayor hombre de los cristianos recebía; e todo cuanto en las otras partes viera le parecía nada en comparación de aquello; pero mucho más maravillado fué cuando entró en el gran palacio, que allí le pareció ser junta toda la riqueza del mundo. Había allí un aposentamiento donde el Emperador mandaba aposentar los grandes señores que a él venían, que era el más hermoso e deleitoso que en el mundo se podía hallar, así de ricas casas como de fuentes de agua e árboles muy extraños. E allí mandó quedar al Caballero de la Verde Espada e al maestro Elisabat, que lo curase, e a Gastiles que le ficiese compañía; y dejándolo reposar, se fué con sus hombres buenos donde él posaba. Toda la gente de la ciudad, que viera al Caballero de la Verde Espada, fablaban mucho en su gran hermosura, e mucho más en el grande esfuerzo suyo, que era mayor que de caballero otro ninguno; e si él se había maravillado de ver tal ciudad como aquella e tanto número de gente, mucho más lo eran ellos en lo ver a él solo; así que de todos era loado e honrado más que lo nunca fué rey ni grande ni caballero que allí de tierras extrañas viniesen.

Otro día de mañana levantóse el Caballero de la Verde Espada, e vistióse de sus paños lozanos e hermosos, según él vestir los solía, y Gastiles con él, y el maestro Elisabat, e fueron todos de consuno juntos a oír misa con el Emperador a su capilla, donde los atendía, e luego se fueron a ver a la Emperatriz; pero antes que a ella llegasen fallaron en comedio muchas dueñas e doncellas muy ricamente ataviadas de ricos paños, que les facían logar por do pasasen e buen recebimiento. La casa era tan rica e tan bien guarnida, que si la rica cámara defendida de la Ínsola Firme no, otra tal nunca el Caballero de la Verde Espada viera, e los ojos le cansaban de mirar tantas mujeres e tan hermosas, e las cosas extrañas que vía, e llegando a la Emperatriz, que en su estrado estaba, fincó los hinojos ante ella con mucha humildad e dijo:

—Señora, mucho gradezco a Dios en me traer donde viese a vos e a vuestra grande alteza, y el valor que sobre las otras señoras tiene que en el mundo son, e la vuestra casa acompañada e ornada de tantas dueñas e doncellas de tan gran guisa. A Él le plega, por la su merced, de me llegar a tiempo que algo destas grandes mercedes le pueda servir.

La Emperatriz le tomó por las manos e díjole que no estoviese así de hinojos, e fízole sentar cerca de sí, y estovo con él fablando una gran pieza en aquellas cosas que tan alta señora con caballero extraño que no conocía debía hablar; y él respondiendo con tanto tiento e tanta gracia, que la Emperatriz, que muy cuerda era e lo miraba, decía entre sí que no podía ser su esfuerzo tan grande que a su mesura e discreción sobrepujar podiese.

El Emperador estaba a esta sazón en su silla sentado, hablando e riendo con las dueñas e doncellas. E díjoles en voz alta, que todas lo oyeron:

—Honradas dueñas e doncellas, vedes aquí el Caballero de la Verde Espada, vuestro leal sirviente; honralde e amalde, que así lo hace él a todas vosotras cuantas sois en el mundo; que poniéndose a muy grandes peligros por vos hacer alcanzar derecho, muchas veces es llegado al punto de la muerte, según que dél he oído a aquellos que sus grandes cosas saben.

El Emperador hizo levantar dos infantas, que eran hijas del rey de Hungría, e díjoles: