El maestro, cuando esto oyó, hobo gran placer con aquellas buenas nuevas que Gandalín decía, no sabiendo el daño del Caballero, e aguijó cuanto más podo, e Gandalín le guiaba, fasta que llegaron donde el Caballero de la Verde Espada estaba, e halláronlo muy desacordado, sin ningún sentido.

El maestro Elisabat quitó luego su manto, e tendiólo en el suelo, e tomáronlo él e Gandalín, e puniéndolo encima, le desarmaron lo más quedo que podieron; e cuando el maestro le vió las llagas, aunque él era uno de los mejores del mundo de aquel menester, e había visto muchas e grandes heridas, mucho fué espantado y desafuciado de su vida; mas como aquel que lo amaba y tenía por el mejor caballero del mundo, pensó de poner todo su trabajo por le guarecer, e catándole las heridas, vió que todo el daño estaba en la carne e en los huesos, y que no le tocara en las entrañas. Tomó mayor esperanza de lo sanar, e concertóle los huesos e las costillas, e cosióle la carne, e púsole tales melecinas, e ligóle tan bien todo el cuerpo al derredor, que le fizo restañar la sangre y el aliento que por allí salía, e luego le vino al Caballero mayor acuerdo y esfuerzo, de guisa que podo hablar, e abriendo los ojos, dijo:

—¡Oh Señor Dios todopoderoso, que por tu gran piedad quesiste venir en el mundo e tomaste carne humana en la Virgen María, pídote, Señor, como uno de los más pecadores, que hayas merced de mi ánima, que el cuerpo condenado es a la tierra!

Con grandes cuidados, lleváronlo a un castillo desmantelado que en la isla había, donde, gracias a la ciencia del maestro Elisabat, recobró la salud en no mucho tiempo.

CAPÍTULO SEGUNDO

LAS CORONAS DE LA INFANTA

Aún estaba enfermo Amadís en la Isla del Diablo, cuando el maestro Elisabat escribió al Emperador de Constantinopla, cuya era la Isla, diciéndole cómo el Caballero de la Verde Espada había muerto el Endriago y librado a la isla de su terrible morador. El Emperador y toda su corte fueron asombrados de que semejante hazaña hubiera podido ser acometida por caballero alguno y el Emperador mandó a un sobrino suyo, llamado Gastiles, que con grande acompañamiento fuera a la Isla del Diablo y trajera a la Corte a aquel heroico Caballero.

Cumplió Gastiles lo que había mandado, y así, cuando el Caballero de la Verde Espada pudo embarcarse, curado ya de sus heridas, hicieron rumbo a Constantinopla, donde en poco espacio de tiempo fueron aportados debajo de los palacios del Emperador. La gente salió a las finiestras por ver el Caballero de la Verde Espada, que lo mucho deseaban ver; y el Emperador les mandó llevar unas bestias en que cabalgasen.

A la hora estaba ya el Caballero de la Verde Espada mucho más mejorado en su salud y hermosura, vestido de unos muy hermosos e ricos paños.

Pues salidos de la mar, cabalgando en aquellos ricos e ataviados palafrenes que les trajeran, se fueron al Emperador, que ya contra ellos venía, muy acompañado de grandes hombres e muy ricamente ataviados. E apartándose todos, llegó el Caballero de la Verde Espada e quísose apear para le besar las manos; mas el Emperador cuando esto vió no gelo consintió, antes se fué para él e lo tovo abrazado, mostrándole muy gran amor, que así lo tenía con él, e dijo: