Entonces se partió el Caballero de la Verde Espada dellos, quedando todos llorando, y él iba con aquel esfuerzo y semblante que su bravo corazón le otorgaba, et Gandalín en pos dél, llorando fuertemente, creyendo que los días de su señor con la fin de aquel día la habrían ellos. El Caballero volvió a él, e díjole riendo:

—Mi buen hermano, no tengas tan poca esperanza en la misericordia de Dios ni en la vista de mi señora Oriana, que así te desesperes; que no solamente tengo delante mí la su sabrosa membranza, más su propria persona, e mis ojos la veen, y me está diciendo que la defienda yo desta bestia mala. Pues ¿qué piensas tú, mi verdadero amigo, que debo yo hacer? ¿No sabes que en la su vida e muerte está la mía? ¿Consejarme has tú que la deje matar y que ante mis ojos muera? No plega a Dios que tal pensases; e si tú no la vees, yo la veo, que delante mí está, pues si su sola membranza me hizo pasar a mí gran honra las cosas que tú sabes, ¿qué tanto más debe poder su propia presencia?

E diciendo esto, crescióle tanto el esfuerzo, que muy tarde se le facía en no fallar el Endriago; y entrando en un valle de brava montaña y peñas de muchas concavidades, dijo:

—Da voces, Gandalín, porque por ellas podrá ser que el Endriago a nosotros acudirá; et ruégote mucho que si aquí moriere, procures de llevar a mi señora Oriana aquello que es suyo enteramente, que será mi corazón; e dile que gelo envío por no dar cuenta ante Dios de cómo lo ajeno llevaba comigo.

Cuando Gandalín esto oyó, no solamente dió voces, mas mesando sus cabellos, llorando, dió grandes gritos, deseando su muerte antes que ver la de aquel su señor, que tanto amaba, et no tardó mucho que vieron salir de entre las peñas el Endriago muy más bravo e fuerte que lo nunca fué. Venía tan sañudo, echando por la boca humo mezclado con llamas de fuego, e firiendo los dientes unos con otros, faciendo gran espuma e faciendo crujir las conchas e las alas tan fuertemente, que gran espanto era de lo ver. Así hobo el Caballero de la Verde Espada, especialmente oyendo los silbos e las espantosas voces roncas que daba; e como quiera que por palabra gelo señalaran, en comparación de la vista era tanto como nada; e cuando el Endriago los vió comenzó a dar grandes saltos e voces, como aquel que mucho tiempo pasara sin que hombre ninguno viera, e luego se vino contra ellos. Cuando los caballos del de la Verde Espada y de Gandalín lo vieron, comenzaron a fuir tan espantados, que apenas los podían tener, dando muy grandes bufidos. E cuando el de la Verde Espada vió que a caballo a él no se podía llegar, descendió muy presto e dijo a Gandalín:

—Hermano, tente afuera en ese caballo, porque ambos no nos perdamos, et mira la ventura que Dios me querrá dar contra este diablo tan espantable, e ruégale que por la su piedad me guíe cómo le quite yo de aquí, y sea esta tierra tornada al su servicio; e si aquí tengo de morir, que me haya merced del ánima, y en lo otro faz como te dije.

Gandalín no le podo responder; tan reciamente lloraba, porque su muerte veía tan cierta, si Dios milagrosamente no lo escapase. El Caballero de la Verde Espada tomó su lanza e cubrióse de su escudo como hombre que ya la muerte tenía tragada, perdido todo su pavor, e lo más que podo se fué contra el Endriago así a pie como estaba. El diablo, como lo vido, vino luego para él, y echó un fuego por la boca con un humo tan negro, que apenas se podían ver el uno al otro, y el de la Verde Espada se metió por el fumo adelante, y llegando cerca dél, le encontró con la lanza por muy gran dicha en el un ojo, así que gelo quebró; y el Endriago echó las uñas en la lanza e tomóla con la boca e hízola pedazos, quedando el fierro con un poco del asta metido por la lengua e por las agallas; que tan recio vino, que él mesmo se metió por ella; e dió un salto por lo tomar, mas con el desatiento del ojo quebrado no pudo, e porque el caballero se guardó con gran esfuerzo e viveza de corazón, así como aquel que se vía en la misma muerte, et puso mano a la su muy buena espada, e fué a él que estaba como desatentado, así del ojo como de la mucha sangre que de la boca le salía, e con los grandes resoplidos y resollidos que daba, todo lo más de ella se le entraba por la garganta, de manera que cuasi el aliento le quitara, e no podía cerrar la boca ni morder con ella; y llegó a él por el un costado, e dióle tan gran golpe por cima del concás, que le no pareció sino que diera en una peña dura, e ninguna cosa le cortó.

Como el Endriago le vido tan cerca de sí, pensóle de tomar entre sus uñas, e no le alcanzó sino en el escudo, e levógelo tan recio que le fizo dar de manos en tierra; y en tanto que el diablo lo despedazó todo con sus muy fuertes e duras uñas, hobo el Caballero de la Verde Espada logar de levantarse, e como sin escudo se vió, e la espada no cortaba ninguna cosa, bien entendió que su fecho no era nada, si Dios no le enderezase a que el otro ojo le pudiese quebrar; que por otra ninguna parte no aprovechaba nada trabajar de lo ferir, e con saña, pospuesto todo temor, fuése para el Endriago, que muy fallecido e flaco estaba de la mucha sangre que perdía del ojo quebrado; e como las cosas pasadas de su propria servidumbre se caen y perecen, e ya enojado nuestro Señor que el enemigo malo hobiese tenido tanto poder y fecho tanto mal en aquellos que, aunque pecadores, en su santa fe católica creían, quiso darle el esfuerzo e gracia especial, que sin ella ninguno fuera poderoso de acometer ni osar esperar tan gran peligro, a este caballero, para que sobre toda orden de natura diese fin a aquel que a muchos lo había dado; y pensando acertarle en el otro ojo con la espada, quísole Dios guiar a que gela metió por una de las ventanas de las narices, que muy anchas las tenía, e con la gran fuerza que puso e la que el Endriago traía, el espada caló tanto, que le llegó a los sesos; mas el Endriago, como le vido tan cerca, abrazóse con él, e con las sus muy fuertes e agudas uñas rompióle todas las armas de las espaldas e la carne e los huesos fasta las entrañas; e como él estaba ahogado de la mucha sangre que bebía, e con el golpe de la espada que a los sesos le pasó, e sobre todo, la sentencia que de Dios sobre él era dada, e no se podía revocar, no se podiendo ya tener, abrió los brazos e cayó a la una parte como muerto sin ningún sentido. El caballero, como así lo vió, tiró por la espada y metiógela por la boca cuanto más pudo, tantas veces, que lo acabó de matar; pero quiero que sepáis que antes que el alma le saliese, salió de su boca el diablo e fué por el aire con muy gran tronido; así que los que estaban en la nave lo oyeron como si cabe ellos fuera, de lo cual hobieron gran espanto.

Pues como el Endriago fué muerto, el Caballero se quitó afuera, e yéndose para Gandalín, que ya contra él venía, no se pudo tener, e cayó amortecido cabe un arroyo de agua que por allí pasaba. Gandalín, como llegó y le vió tan espantables heridas, cuidó que era muerto, y dejándose caer del caballo, comenzó a dar muy grandes voces, mesándose. Mas después cabalgó muy presto en su caballo, e subiéndose en un otero, tocó la bocina lo más recio que pudo, en señal que el Endriago era muerto. Ardian el enano oyólo, e dió muy grandes voces al maestro Elisabat que acorriese a su señor, que el Endriago era muerto. Y él, como estaba apercebido, cabalgó con todo el aparejo que menester era, e fué lo más presto que podo por el derecho que el enano le señaló; e no andovo mucho que vió a Gandalín encima del otero, el cual, como el maestro vió, vino corriendo contra él e dijo:

—¡Ay, señor!; por Dios e por merced acorred a mi señor, que mucho es menester; que el Endriago es muerto.