Ganó entonces la amistad de un sabio médico, el maestro Elisabat, que desde entonces lo acompañó siempre en sus viajes y más de una vez salvó su vida y las de sus amigos con sus profundos conocimientos en el arte de curar heridas.

Embarcóse para pasar a la corte del Emperador de Constantinopla, y yendo por la mar navegando con muy buen viento, súbitamente tornando al contrario, como muchas veces acaece, fué la mar tan embravecida, tan fuera de compás, que ni la fuerza de la fusta, que grande era, ni la sabiduría de los mareantes no pudieron tanto resistir, que muchas veces en peligro de ser anegada no fuese; las lluvias eran tan espesas e los vientos tan apoderados y el cielo tan escuro, que en gran desesperación estaban de ser las vidas remediadas. Así andovieron ocho días, sin saber ni atinar a cuál parte de la mar andoviesen, sin que la tormenta un punto ni momento cesase; en cabo de los cuales, con la gran fuerza de los vientos, una noche, antes que amaneciese, la fusta a la tierra llegada fué tan reciamente, que por ninguna guisa la podían despegar; esto dió gran consuelo a todos, como si de muerte a la vida tornados fueran; mas después reconociendo los marineros en la parte que estaban, sabiendo ser allí la ínsola que del Diablo se llamaba, donde una bestia fiera toda la había despoblado, en dobladas angustias y dolores sus ánimos fueron, teniéndolo en muy mayor grado de peligro que el que en la mar esperaban.

Los marineros, llenos de espanto, agotaban en vano sus fuerzas luchando por apartar de allí a la nave, y el maestro Elisabat, en tanto, describíale a Amadís cómo era la espantable criatura, hija de horrendo pecado, que señoreaba la isla. Tenía el cuerpo y el rostro cubierto de pelo, y encima había conchas, sobrepuestas unas sobre otras, tan fuertes, que ninguna arma las podía pasar, e las piernas e pies eran muy gruesos y recios, y encima de los hombros había alas tan grandes, que fasta los pies le cobrían, e no de péñolas, mas de un cuero negro como la pez, luciente, velloso, tan fuerte, que ninguna arma las podía empecer, con las cuales se cobría como lo ficiese un hombre con un escudo; y debajo dellas le salían brazos muy fuertes, así como de león, todos cobiertos de conchas más menudas que las del cuerpo, e las manos había de hechura de águila, con cinco dedos, e las uñas tan fuertes e tan grandes, que en el mundo non podía ser cosa tan fuerte que entre ellas entrase, que luego no fuese desfecha. Dientes tenía dos en cada una de las quijadas, tan fuertes y tan largos, que de la boca un codo le salían, e los ojos grandes y redondos, muy bermejos, como brasas; así que, de muy lueñe, siendo de noche, eran vistos, e todas las gentes huían dél. Saltaba e corría tan ligiero, que no había venado que por pies se le podiese escapar; comía y bebía pocas veces, e algunos tiempos ningunas, que no sentía en ello pena ninguna; toda su holganza era matar hombres e las otras animalías vivas, e cuando fallaba leones e osos, que algo se le defendían, tornaba muy sañudo, y echaba por sus narices un humo tan espantable, que semejaba llamas de fuego, e daba unas voces roncas, espantosas de oír; así que todas las cosas vivas huían ant’él como ante la muerte; olía tan mal, que no había cosa que no emponzoñase. Era tan espantoso cuando sacudía las conchas unas con otras, e facía crujir los dientes e las alas, que no parecía sino que la tierra facía estremecer.

—Tal es esta animalía, Endriago llamado, como os digo —dijo el maestro Elisabat—. Esto es lo que yo sé desta mala y endiablada bestia.

El Caballero de la Verde Espada dijo:

—Maestro, grandes cosas me habéis dicho, e mucho sofre Dios nuestro Señor a aquellos que le desirven; pero, al fin, si se no enmiendan, dales pena tan crecida como ha sido su maldad; e agora os ruego, maestro, que digáis de mañana misa, porque yo quiero ver a esta ínsola, e si Él me aderezare, tornarla a su santo servicio.

Aquella noche pasaron con gran espanto, así de la mar, que muy brava era, como del miedo que del Endriago tenían, pensando que saldría a ellos de un castillo que allí cerca tenía, donde muchas veces albergaba; y el alba del día venida, el maestro cantó misa, y el Caballero de la Verde Espada la oyó con mucha homildad, rogando a Dios le ayudase en aquel peligro que por su servicio se quería poner; e si su voluntad era que su muerte allí fuese venida, Él por la su piedad le hobiese merced al alma. E luego se armó e fizo sacar su caballo en tierra, e Gandalín con él, e dijo a los de la nao:

—Amigos, yo buscaré esta bestia por estas montañas, e si della escapo, tocará la bocina Gandalín y tornarme he a vosotros; e si no, haced lo que mejor vierdes.

Cuando esto oyeron ellos, fueron muy espantados, más que de ante eran; porque aun allí dentro en la mar todos sus ánimos no bastaban para sofrir el miedo del Endriago, e por más afrenta y peligro que la braveza grande de la mar le tenían.