Los que estaban en la cárcel, que oyeron lo que se hacía, dieron voces que los acorriesen. Amadís conoció la voz de su enano, que éste y la dueña habían más temor; e fueron luego para los sacar, e así lo ficieron, que a gran fuerza quebrantaron las armellas e abrieron la puerta, por donde salieron, e buscando por las casas bajas que al corral salían, hallaron los caballos suyos e de sus señores e otros de Arcalaus, que dieron al caballero e a su hijo, e un palafrén de la sobrina para la dueña, e sacáronlos todos fuera del castillo, e cuando fueron a caballo mandó el Rey poner fuego a las casas que dentro eran, e comenzó a arder tan bravamente, que todo parecía una llama; el fuego era grande, que daba en la torre.
Entonces se fueron por el camino que allí vinieran a la galea, e subiendo una sierra, vieron las grandes llamas del castillo e las voces de la gente, de manera que hobieron placer; así andovieron fasta ser en el monte alto. Entonces esclareció el día, e vieron ayuso en la ribera la su galea, e fueron para allá, entraron dentro, y alzando las velas hicieron rumbo a Gaula.
LIBRO TERCERO
EL CABALLERO DE LA VERDE ESPADA
CAPÍTULO PRIMERO
LA MUERTE DEL ENDRIAGO
Durante los años siguientes, Amadís, que por su enojo con el rey Lisuarte no podía volver a la corte de la Gran Bretaña y estaba privado de ver a su amada Oriana, con el nombre del Caballero de la Verde Espada —por una que a gran honra suya había ganado— anduvo por Alemania, Bohemia y Romania, corriendo siempre los más bravos peligros y realizando descomunales hazañas, tanto que por todas aquellas tierras no había caballero más famoso que el de la Verde Espada.