—¡Santa María! —dijo el caballero—; sabed que esos que decís fueron en este castillo muy bien recebidos, y estando dormiendo entraron aquí cuatro hombres, e trayendo a derredor esta palanca de hierro que aquí veis, bajaron con ella este sobrado; así que, han recebido gran traición.
Gandalín, que muy avisado era, entendió luego que su señor e los otros estaban allí, y el peligro grande de muerte en que estaban, e dijo:
—Pues que así es, trabajemos nos de lo subir suso; si no, ellos ni nosotros nunca saldremos de aquí; e creed que si ellos se salvan, que nosotros seremos libres.
Entonces el caballero e su fijo de una parte, e Gandalín e Orfeo de la otra, comenezaron a rodear la palanca; así que, el sobrado comenzó luego a subir, y el rey Perión, que no dormía sosegado, más con cuita de sus fijos que de sí, sintiólo luego y despertólos, e díjoles:
—¿Veis cómo el sobrado se alza, no sé por cuál razón?
Amadís dijo:
—Sea por cualquiera, que morir como caballeros o como ladrones gran diferencia es.
E luego saltaron de los lechos, e ficieron a sus escuderos que los armasen, y esperaron qué sería aquello; mas el sobrado fué alzado, a gran afán de los que lo sobían, tanto como era menester; y el rey Perión e sus fijos, que a la puerta estaban, vieron por entre las tablas la claridad, e conocieron que por allí habían entrado; e trabaron della todos tres tan fuerte, que la derribaron e salieron al muro, donde eran los veladores, con tan gran coraje e braveza, que maravilla era, e comenzaron a matar e derribar del muro cuanto fallaban, e decir:
—¡Gaula, Gaula; que nuestro es el castillo!
Arcalaus, que le oyó, fué muy espantado, e cuidando que traición era de alguno de los suyos, que allí había traído sus enemigos, fuyó desnudo a una torre e subió consigo el escalera, que andadiza era; e no se temía de los presos, que aquellos a buen recaudo, a su parecer, estaban; e asomándose a una finiestra, vió a los de las armas de las sierpes andar por el castillo a gran priesa, e aunque los conoció, no osó salir ni bajar a ellos; mas daba voces, diciendo a los suyos que les no temiesen, que no eran más de tres hombres. Algunos de los suyos, que abajo posaban, comenzáronse a armar; mas los tres caballeros, que ya el muro habían de los veladores delibrado, bajaron luego a ellos, que los oyeron, y en poca de hora los pararon tales, así muertos como heridos, que ninguno pareció ante ellos.