El Emperador se rió mucho e dijo:
—En todo os fizo Dios acabado; sabed que así es como lo decís; por ende yo quiero corregir lo suyo e lo mío.
El de la Verde Espada fincó los hinojos por le besar las manos, mas él no quiso, e dijo:
—Señor, esta emienda recibo yo para la tomar cuando por ventura más sin cuidado della estovierdes.
—Eso no podrá ser —dijo el Emperador—; que vuestra memoria nunca de mí fallecerá ni la emienda de la mía cuando la quisierdes.
Breves días permaneció en la Corte del Emperador de Constantinopla, siempre obsequiado con miríficas fiestas, al cabo de las cuales, a pesar de los grandes esfuerzos del Emperador para que el Caballero de la Verde Espada quedara a su servicio, tomó el camino de su anhelada patria.
CAPÍTULO TERCERO
LAS CUITAS DE ORIANA
Entre tanto había muerto el Emperador de Roma y había llegado a ocupar el trono su hermano el Patín que, desde que había visitado la corte de Lisuarte, vivía enamorado de la sin par Oriana. No bien vió ceñidas sus sienes con la corona imperial, cuando envió al Rey de la Gran Bretaña una muy lucida embajada para pedirle la mano de su hija.
Lisuarte, a quien mucho convenía aquel enlace, no quería, sin embargo, forzar abiertamente la voluntad de Oriana y por todos los medios trataba de inclinarla a que aceptara tan ventajoso matrimonio. Mas la princesa, que con todas sus fuerzas se oponía a él, no cesaba de pedir a don Galaor y a los otros caballeros principales de la Corte que convencieran a su padre para que no la hiciera casar contra su voluntad. Solicitó también en secreto la protección de los caballeros de la Ínsola Firme, los cuales, por boca de don Florestán, le hicieron saber que, siendo su deber amparar doncellas desamparadas, emplearían toda la fuerza de su brazo en evitar que ni su padre ni nadie la atropellara.