Pero el Rey no se rendía a reflexiones ni ruegos, y cada vez más aferrado a su idea, acabó por declarar que Oriana sería entregada por la fuerza a los embajadores del Patín, si no se avenía a ir con ellos voluntariamente.
Navegando con rumbo a sus estados, supo Amadís, inflamado en ira, las nuevas del casamiento que querían imponerle a Oriana, y aceleró cuanto le fué posible el regreso.
¡Cómo pintar la alegría de sus caballeros cuando al cabo de siete años de ausencia volvieron a verlo entre ellos en los palacios de la Ínsola Firme! Sentóse a comer con sus queridos compañeros, y habiendo todos con gran placer comido, e levantados los manteles, Amadís les rogó que ninguno de su logar se moviese, que les quería fablar, y ellos lo ficieron así. Viendo, pues, Amadís sosegados a aquellos caballeros que a las mesas estaban, atendiendo lo que él diría, fablóles en esta guisa:
—Después que me no vistes, mis buenos señores, muchas tierras extrañas he andado e grandes aventuras han pasado por mí, que largas serían de contar; pero las que más me ocuparon, e las que mayores peligros me atrajeron fué socorrer dueñas e doncellas en muchos tuertos e agravios que les hacían; porque así como éstas nascieron para obedecer con flacos ánimos, e las más fuertes armas suyas sean lágrimas e sospiros, así los de fuertes corazones extremadamente entre las otras cosas las suyas deben tomar, amparándolas, defendiéndolas de aquellos que con poca virtud las maltratan e deshonran, como los griegos e los romanos en los tiempos antiguos lo ficieron, pasando las mares, destruyendo las tierras, venciendo batallas, matando reyes e de sus reinos los echando, solamente por satisfacer las fuerzas e injurias a ellas fechas, por donde tanta fama e gloria dellos en sus historias ha quedado y quedará en cuanto el mundo durare. Pues veniendo al caso, yo he sabido después que a esta tierra vine el gran tuerto que el rey Lisuarte a su hija Oriana facer quiere, que siendo ella la legítima sucesora de sus reinos, él, contra todo derecho, desechándola dellos, al Emperador de Roma por mujer la envía, y según me dicen, mucho contra la voluntad de todos sus naturales, e más della, que con grandes llantos, grandes querellas, a Dios e al mundo reclamando, de tan gran fuerza se querella. Pues si es verdad que este rey Lisuarte, sin temor de Dios ni de las gentes, tal crueza hace, dígovos que en fuerte punto acá nacimos si por nosotros remediada no fuese, pues que dejándola pasar, se pasaban e ponían en olvido los peligros e trabajos que por ganar honra e prez fasta aquí tomado habemos. Agora diga cada uno, si vos ploguiere, su parescer; que el mío ya vos he manifestado.
Agrajes, en nombre de todos, respondió que, si estaban dispuestos a dar la vida en defensa de Oriana cuando no podían contar con la asistencia de Amadís, mucho más lo estarían ahora cuando tienen la alegría de tenerlo por jefe.
En vista de ello, como la flota aparejada estoviese de todo lo necesario al viaje, e la gente apercebida, a la prima noche, mandando Amadís que todos los caminos se tomasen, porque nuevas algunas dellos no fuesen sabidas, entraron todos en la flota, e sin hacer ruido ni bullicio comenzaron a navegar contra aquella parte que los romanos habían de acudir, según el camino que les pertenecía llevar para que en la delantera los hallasen.
CAPÍTULO CUARTO
LA BATALLA NAVAL
De nada sirvieron a Oriana sus desesperadas súplicas y amarguísimo llanto, ni tampoco los buenos consejos de los caballeros que trataban de disuadir al Rey de que casara a su hija por la fuerza. Llegado el plazo que entre los embajadores y el Rey se había convenido, trasladaron a bordo de la flota de los romanos el magnífico ajuar que daban a Oriana sus padres e hicieron embarcar a las doncellas y dueñas que debían acompañarla. Desmayóse Oriana al despedirse de la Reina, y así desmayada, entrególa Lisuarte a Salustanquidio y Brondajel de Roca, que eran los embajadores del Emperador, y fué llevada a bordo en medio de universal duelo, cuitas y clamores.