Los romanos, teniendo ya en su poder a Oriana, e a todas sus doncellas metidas en las naves, acordaron de la poner en una cámara que para ella muy ricamente estaba ataviada e puesta allí, e con ella a Mabilia, que sabían ser ésta la doncella del mundo que ella más amaba. Cerraron la puerta con fuertes candados, e dejaron en la nave otras muchas dueñas e doncellas de las de Oriana.

Pues así todo enderezado, dieron las velas al viento, e movieron su vía con gran placer por haber acabado aquello que el Emperador su señor tanto deseaba, e ficieron poner una muy gran seña del Emperador encima del mastel de la nao donde Oriana iba, e todas las otras naves al derredor della, guardándola. E yendo así muy lozanos e alegres, miraron a su diestra e vieron la flota de Amadís, que mucho se les llegaba en la delantera, entrando entre ellos e la tierra donde salir querían, y dividiéndose en tres fuerzas para coger en medio las naves de los que llevaban a Oriana. Dígovos de los romanos, que cuando la flota de lueñe vieron pensaron que alguna gente de paz sería, que por la mar de un cabo a otro pasaban; mas viendo que en tres partes se partían, e que las dos les tomaban la delantera a la parte de la tierra e la otra los seguía, mucho fueron espantados, e luego fué entre ellos hecho gran ruido, diciendo a altas voces:

—Armas, armas, que extraña gente viene.

E luego se armaron muy presto, e pusieron los ballesteros, que muy buenos traían, donde habían de estar, e la otra gente, e Brondajel de Roca con muchos e buenos caballeros de la corte del Emperador estaba en la nave donde Oriana era e donde posieron la seña que ya oístes del Emperador.

A esta sazón se juntaron los unos e otros; grande era allí el ferir de saetas, e piedras, e lanzas de la una e de la otra parte, que no parescía sino que llovía; tan espesas andaban; e Amadís no entendía con los suyos en al sino en juntar su fusta con la de los contrarios, mas no podían; que ellos, aunque muchos más eran, no se osaban llegar, viendo cuán denodadamente eran acometidos; e defendíanse con grandes garfios de hierro e otras armas muchas de diversas guisas. Entonces Tantiles de Sobradisa, mayordomo de la reina Briolanja, que en el castillo estaba, como vió que la voluntad de Amadís no podía haber efecto, mandó traer una áncora muy gruesa e pesada, trabada a una fuerte cadena, e desde el castillo lanzáronla en la nave de los enemigos, e así él como otros muchos que le ayudaban tiraron tan fuerte por ella, que por gran fuerza hicieron juntar las naves una con otra, así que no se podían partir en ninguna manera si la cadena no quebrase. Cuando Amadís esto vió pasó por toda la gente con gran afán, que estaban muy apretados; e por la vía que él entraba iban tras él sus famosos compañeros Angriote e don Bruneo, e como llegó en los delanteros, puso el un pie en el borde de su nave, e saltó en la otra, que nunca los contrarios quitar ni estorbar lo podieron; e como el salto era grande, y él iba con gran furia, cayó de rodillas, e allí le dieron muchos golpes; pero él se levantó, mal su grado de que le herían tan malamente, e puso mano a la su buena espada ardiente, e vió cómo Angriote e don Bruneo habían con él entrado, y herían a los enemigos de muy fuertes e duros golpes, diciendo a grandes voces:

—Gaula, Gaula, que aquí es Amadís —que así gelo rogara él que lo dijesen, si la nave podiesen tomar.

Mabilia, que en la cámara encerrada estaba con Oriana, que oyó el ruido e las voces, e después aquel apellido, tomó a Oriana por los brazos, que más muerta que viva estaba, e díjole:

—Esforzad, señora, que socorrida sois de aquel bienaventurado caballero, vuestro vasallo e leal amigo.

Y ella se levantó en pie, preguntando qué sería aquello; que del llorar estaba desvanecida, que no oía ninguna cosa, e la vista de los ojos casi perdida.

Amadís, entre tanto, vencía a Brondajel de Roca y le exigía que le dijera dónde estaba Oriana, y él le mostró la cámara de los candados, diciendo que allí la fallaría. Amadís se fué apriesa contra allá, e llamó a Angriote e a don Bruneo, e con la gran fuerza que de consuno posieron, derribaron la puerta y entraron dentro, e vieron a Oriana e a Mabilia, e Amadís fué fincar los hinojos ante ella por le besar las manos, más ella lo abrazó, e tomóle por la manga de la loriga, que toda era tinta de sangre de los enemigos.