—¡Ay, Amadís —dijo ella—, lumbre de todas las cuitadas! Agora parecerá vuestra gran bondad en haber socorrido a mí e a estas infantas, que en tanta amargura e tribulación puestas éramos, e por todas las tierras del mundo será sabido y ensalzado vuestro loor.

Amadís quísose partir dellas por ver lo que se facía; mas Oriana le tomó por la mano e dijo:

—Por Dios, señor, no me desamparéis.

—Señora —dijo él—, no temáis; que dentro en esta fusta está Gandales con treinta caballeros que os aguardarán, e yo iré a acorrer a los nuestros, que muy gran batalla han.

Entonces salió Amadís de la cámara, e pasó a una muy fermosa galea, en que estaba Gandalín con hasta cuarenta caballeros de la Ínsola Firme, e mandóla guiar contra aquella parte que oía el apellido de Agrajes, que se combatía con los de la gran nave de Salustanquidio; e cuando él llegó vió que la habían entrado, e la priesa y el ruido era muy grande, que Agrajes e los de su compaña los andaban firiendo e matando muy cruelmente.

Mas desque a Amadís vieron, los romanos saltaban en los bateles, e otros en el agua, e dellos morían, e otros se pasaban a las otras naves que aún no eran perdidas.

Pero no tardaron en serlo, pues poco después no hubo fusta de los romanos en que no estuvieran alzados los pendones de los caballeros de la Ínsola Firme y hechos prisioneros sus tripulantes.

Amadís, que dello mucho placer hobo, envió decir a los suyos que juntasen sus galeas con la que él había tomado, donde estaba Oriana, y que allí habría consejo de lo que ficiesen. Entrados dentro, desarmaron las cabezas e las manos, e laváronse de la sangre e sudor, e eran allí juntos todos los más honrados caballeros de aquella compaña, los cuales a un cabo de la nao se apartaron por fablar qué consejo tomarían, e Oriana llamó a Amadís a un cabo del estrado, e muy paso le dijo:

—Mi verdadero amigo, yo vos ruego e mando por aquel verdadero amor que me tenéis, que agora más que nunca se guarde el secreto de nuestros amores, e no fabléis comigo apartadamente, sino ante todos, e lo que vos ploguiere decirme secreto fabladlo con Mabilia, e punad cómo de aquí nos llevéis a la Ínsola Firme, porque estando en logar seguro, Dios proveerá en mis cosas, como Él sabe que tengo la justicia.

—Señora —dijo Amadís—, yo no vivo sino en esperanza de vos servir, e si ésta me faltase, faltarme-ía la vida, e como lo mandáis se fará; y en esta ida de la Ínsola bien será que con Mabilia lo enviéis a decir a estos caballeros, porque parezca que más de vuestra gana e voluntad que de la mía procede.