—Así lo faré —dijo ella—, e bien me parece; agora vos id —dijo— a aquellos caballeros.
Amadís así lo fizo, e fablaron en lo que adelante se debe facer. Mas como eran muchos, los acuerdos eran diversos; que a los unos parecía que debían llevar a Oriana a la Ínsola Firme, otros a Gaula e otros a Escocia, a la tierra de Agrajes, así que no se acordaban.
En esto llegó la infanta Mabilia, e cuatro doncellas con ella. Todos la recibieron muy bien e la posieron entre sí, y ella les dijo:
—Señores, Oriana vos ruega, por vuestras bondades e por el amor que en este socorro le habéis mostrado, que la llevéis a la Ínsola Firme, que allí quiere estar fasta que sea en el amor de su padre e madre; e ruégaos, señores, que a tan buen comienzo deis el cabo, mirando su gran fortuna e fuerza que se le face, e fagáis por ella lo que por las otras doncellas facer soléis, que no son de tan alta guisa.
—Mi buena señora —dijo don Cuadragante, uno de los más ilustres caballeros de la Ínsola— el bueno e muy esforzado de Amadís e todos los caballeros que en su socorro hemos sido estamos de voluntad de le servir fasta la muerte, así con nuestras personas como con las de nuestros parientes e amigos, que mucho pueden e muchos serán, e todos seremos juntos en su defensa contra su padre e contra el Emperador de Roma, si a la razón e justicia no se allegaren con ella.
Todos aquellos caballeros tovieron por bien aquello que don Cuadragante respondió, e con mucho esfuerzo otorgaron que desta demanda nunca serían partidos fasta que Oriana en su libertad e señoríos restituída fuese, siendo cierta y segura de los haber, si ella más que su padre e madre la vida poseyese. La infanta Mabilia se despidió dellos y se fué a Oriana, e por ella sabida la respuesta y recaudo que de su mensaje le traía, fué muy consolada, creyendo que la permisión del Justo Juez lo guiaría de forma que la fin fuese la que ella deseaba.
LIBRO CUARTO
LA GUERRA POR ORIANA