CAPÍTULO PRIMERO
LOS TRES EJÉRCITOS
Según lo había dispuesto Oriana, hicieron rumbo a la Ínsola Firme, donde al cabo de varios días, sin contratiempo alguno, llegaron. Desembarcaron a Oriana y sus damas con las muestras de respeto debidas a su alcurnia y desgracia, e instaláronlas en una magnífica torre rodeada de una hermosa huerta amurallada, donde nadie podía entrar sin licencia de la princesa.
Reunidos después en consejo los caballeros, acordaron enviar una embajada al rey Lisuarte para hacerle saber cómo su hija Oriana se encontraba, sana y salva, en la Ínsola Firme, cuyos caballeros estaban dispuestos a entregarla a su padre, siempre que éste les prometiera que la trataría con justicia, no casándola sino con quien fuera su voluntad.
Fué con la embajada don Cuadragante y otro de los principales caballeros de la Ínsola; pero al mismo tiempo, por si no había lugar a avenencia con el rey Lisuarte, envió Amadís emisarios a todos los reyes y grandes señores amigos suyos y que habían sido favorecidos por él, para que sin tardar le enviaran fuerzas armadas, por si la Ínsola llegaba a ser atacada.
Mientras tanto los embajadores de Amadís llegaban a la capital de la Gran Bretaña, en cuya corte reinaba honda tristeza desde la partida de Oriana, y, como era de temer, no lograron restablecer la armonía con Lisuarte, sino que éste les anunció la guerra más despiadada.
Partidos los de Amadís, el Rey envió embajadores al Emperador de Roma haciéndole saber lo ocurrido, y cómo se disponía a castigar con todo rigor tamaña afrenta. El Emperador, lleno de furia, respondió que con todo su poderío asistiría a la guerra, pues más era suya que no de Lisuarte la ofensa.
De todo iba teniendo noticia Arcalaus el Encantador, que no había perecido cuando Perión y sus hijos le habían incendiado el castillo, y no bien lo supo, fué a verse con el rey Arábigo, a quien ya otra vez había armado contra Lisuarte sin otro resultado para él que una gran derrota, y lo convenció de que preparara sus huestes para tenerlas ocultas en una sierra próxima a la Ínsola Firme, y después de la lucha de las fuerzas de Lisuarte y Amadís unas con otras, caer sobre vencedores y vencidos, para, de un solo golpe, apoderarse de la Ínsola Firme y del reino de la Gran Bretaña. De lo mismo trató con el señor de Sansueña, con el Rey de la Profunda Ínsola y otros enemigos de Lisuarte, y todos fueron conformes en juntar sus armas con las de Arcalaus y el rey Arábigo.