225. Quod si fortè aliquis credit graviora potesse...

Alguien ha supuesto que los cuerpos más pesados caen en línea recta sobre los más ligeros, y que así originan movimientos productores; pero esa teoría repugna á la razón. Cierto es que en el agua y en el aire caen los cuerpos con una velocidad proporcionada á su peso, porque más pronto es vencida la resistencia de las ondas acuosas y fluidas, cuanto mayor es la potencia representada por el cuerpo que las penetra; pero no sucede lo mismo en el espacio desocupado; éste puede ser invadido sin obstáculo por todos los seres, y, por lo mismo, en el vacío todos los cuerpos se mueven con igual celeridad é independientemente de su volumen y de su peso. De estas afirmaciones se deduce que nunca los cuerpos más graves podrán caer sobre los más leves, ni rozarlos ni cambiar sus movimientos, de modo adecuado para que la Naturaleza produzca los seres.

243. Quare etiam atque etiam paulùm clinare necesse est...

Necesario es repetir una y mil veces que los cuerpos simples en su caída tienen una mínima declinación. No trato de inventar movimientos oblicuos que la observación no haya revelado; es patente, y de ello la vista nos da testimonio, que los cuerpos no siguen en su caída una dirección oblicua; pero ¿quién puede afirmar sólo por la autoridad de sus imperfectos sentidos, que los cuerpos al caer no se aparten algo de la línea recta[20]?

[20] En esta parte de su doctrina es donde Lucrecio, lo mismo que Epicuro, se muestra más débil é indeciso; parece que él mismo desconfía de la solidez de sus argumentos.

251. Denique si semper motus connectitur omnis...

Si es cierto que entre todos los movimientos ó manifestaciones de la vida hay una regular perpetua conexión, y que todas las cosas en el mundo se producen dentro de un orden inquebrantable, cierto ha de ser también que la declinación de los cuerpos simples no puede originar combinación alguna que rompa los lazos del destino y perturbe la ley que á cada hecho convierte en causa de lo infinito, pero engendra la libertad de que gozan los seres animados para dirigirse hacia donde el deseo los incita, aunque en nuestras acciones domine un agente motriz, que es origen de los movimientos voluntarios, en cuya virtud nos determinamos, no por las atracciones de tiempo fijo ó de lugar cierto, sino por los impulsos de nuestra alma. Es indiscutible que la voluntad es la fuerza propulsora del movimiento, cuyos estímulos se extienden por todo el cuerpo. ¿No has tenido ocasión de observar que los caballos dispuestos para la carrera, en el instante en que se abren las puertas del circo, se inquietan y se estremecen, porque no pueden lanzarse desde luego hacia donde los empuja su ardoroso instinto? Extendidas por todo el cuerpo las energías de la vida, han de auxiliarse recíprocamente para realizar, en conexión estrecha, las determinaciones de la voluntad. Por tanto, en el corazón surge el principio del movimiento, la voluntad imprime á éste la dirección, y seguidamente se comunica á todo el organismo.

272. Nec simile est, ut cum impulsi procedimus ictu...

No sucede lo mismo cuando, obligados por fuerza extraña y movidos por coacción poderosa, tomamos dirección que nos repugna; es evidente que en este caso y á pesar nuestro toda la materia de que constamos cede por de pronto á las circunstancias, y se deja subyugar hasta que la voluntad recobra su imperio sobre los miembros y puede refrenarlos: ¿no ves, por tanto, que si á los hombres empuja en muchos casos una fuerza extraña que es contraria á su voluntad y que los impele en dirección determinada, siempre queda en nosotros mismos una energía que puede resistirla, y á su arbitrio hacerse obedecer por los miembros, hasta rechazar la violencia y ponerla en fuga?

284. Quare in seminibus quoque idem fateare necesse est...