Según los datos más fidedignos que se han podido reunir, Tito Lucrecio Caro nació, hace ahora 1988 años, en el 658 de la fundación de Roma, correspondiente á la Olimpiada 171.ª, en ocasión en que eran cónsules Cn. Domicio Ahenobarbus y C. Cassius Longino: después de estudiar en Roma pasó á Atenas, donde siguió con Filodemo y uno de los dos Ptolomeos de Alejandría, las lecciones de Zenón, discípulo de Apolodoro, sucesor, este último, de Basílides y de Dionisio en la dirección de la escuela epicúrea: volvió á Roma cuando su amigo C. Memmio obtuvo el cargo de pretor, y acompañó á este mismo, en unión con el poeta Catulo y el gramático Curcio Nicetas, al gobierno de Bitinia: bien pronto, deseoso de entregarse completamente al estudio de los fenómenos de la Naturaleza y de la vida, regresó á Roma, donde, entristecido con el espectáculo que ofrecía la sociedad, agitada por mezquinos intereses, preocupaciones, odios, ambiciones desenfrenadas y guerras intestinas, vivió alejado en absoluto de las contiendas públicas hasta la edad de cuarenta y tres años en que murió. Eusebio de Cesarea cree que se suicidó, pero este parecer no descansa en ningún sólido fundamento.

El poema didáctico De Rerum Natura, de Lucrecio, es la obra más notable, más bella, más grandiosa y de más difícil empeño que nos legó la antigüedad clásica; porque antes de Lucrecio y después de él hubo en Grecia y en Roma poetas que trataran asuntos agradables en versos harmoniosos llenos de encanto y sonoridad; pero no hubo quien penetrara en los misterios de la Naturaleza é intentara, como él, desvanecerlos con observaciones profundas, muchas de las cuales han sido confirmadas en nuestros días por la Física, la Química, la Astronomía y la Geología; también abundaron los poetas que utilizaran y fomentaran las supersticiones del paganismo, pero solamente Lucrecio las combatió con denuedo en forma poética y supo arrostrar con ese motivo las iras y el encono de los interesados en sostenerlas: ¿quién duda que los poetas, lo mismo en Grecia que en Roma, siempre halagaron á los poderosos y á los ignorantes, desfiguraron la verdad con ficciones de todo género, inventaron fábulas que eran mejor recibidas cuanto más extravagantes eran, y de hechos naturales interpretados arbitrariamente crearon una multitud de fantásticos genios que producían cuantiosas utilidades á los mismos sacerdotes y pontífices que de ellos se reían? Pero Lucrecio no quiso vender su adhesión ni aun siquiera su silencio al poder ó á la ignorancia, ni quiso valerse de su talento en propio beneficio, ni entregar su maravilloso estro á disposición de la mentira sistematizada, y, por lo contrario, puso todo su empeño en estudiar sin prejuicios y en comunicar sin ambigüedades á sus conciudadanos el fruto de sus laboriosas investigaciones, aunque sabía que al llevar á cabo su empresa, por lo que ésta perjudicaba á los intereses constituidos, había de ser blanco de toda clase de injuria y había de perder todo reposo y la esperanza de todo bienestar; pues entonces, como hoy y como siempre, los goces de la fortuna y los beneficios sociales estaban reservados al adulador envilecido y al defensor más ó menos ingenuo, pero interesado siempre, de las costumbres y de las instituciones dominantes. En Grecia y en Roma los poetas atendían en primer término á sus personales conveniencias; Lucrecio fué el único, sin duda, que sirvió desinteresadamente á la verdad; pudo estar equivocado, pero fué siempre sincero.

Ahí está su obra literaria: en ella se muestra como filósofo moralista que no puede transigir con los vicios y con los dolores sociales creados al amparo de fantásticos dioses capaces para favorecer la hipocresía, la falsedad, la guerra, la injusticia, la opresión del fuerte sobre el débil, pero inútiles para el bien y para el progreso de la humanidad, y dirige incesantes y certeros golpes contra toda forma de superstición y contra todo pretendido infalible dogma. Cuanto Lucrecio combatió —los dioses del paganismo, la avaricia de sacerdotes que defendían en público lo que en secreto censuraban, la creencia en la perpetuidad de nuestro planeta y en la intervención de númenes caprichosos en los actos humanos— cayó por tierra cuatro siglos después de la muerte de aquel egregio poeta; y mucho de lo que Lucrecio afirmó —la composición atómica y la porosidad de los cuerpos, las atracciones y repulsiones moleculares, la gravitación universal, la existencia de muchos mundos en el espacio infinito, las leyes constantes y eternas de la vida— probado está por la ciencia moderna. Jamás, jamás negaron Lucrecio ni otro alguno de los fieles discípulos de Epicuro, la existencia de un Supremo Principio de todo ser, origen de toda realidad y fundamento de todo conocer; pero en cambio, en la exposición de su doctrina se encuentran máximas de moral purísima que San Ambrosio y San Agustín copiaron, y que hicieron á Lucrecio lo mismo que á Epicuro, merecedores de honores divinos que los pueblos de la antigüedad les tributaron. ¿Dónde, en qué lugar, en qué sitio, con qué ocasión hizo consistir Lucrecio la felicidad humana en los deleites materiales, según han afirmado en los últimos tiempos, desde el cardenal Polignac y el abate Delille hasta nuestro eximio Castelar, y con éstos una caterva de hombres ignorantes con pretensiones de eruditos?

La obra de Lucrecio consta de siete mil cuatrocientos treinta y un versos distribuidos en seis cantos ó libros, en los que hay descripciones bellísimas, cuadros maravillosos presentados con una fuerza de colorido y una riqueza de imágenes que arroban el ánimo: solamente Virgilio puede ser comparado con Lucrecio; si aquél es más elegante, más harmonioso, éste es más expresivo, más severo; si el uno fascina la imaginación, el otro subyuga el entendimiento. El sacrificio de Ifigenia en el canto I; la ansiedad de la vaca abandonada que busca intranquila su novillo, en el canto II; las reprensiones que la Naturaleza dirige al hombre temeroso de la muerte, en el tercer canto; las atrevidas é intraducibles descripciones eróticas del libro IV; la formación de las sociedades en el libro V; los efectos del rayo, de las erupciones volcánicas y de la peste de Atenas en el libro VI son cuadros admirables, grandiosos, en que palpita la vida. Bien pudo Virgilio decir de Lucrecio:

Felix, qui potuit rerum cognoscere causas

Atque metus omnes et inexorabile fatum,

Subjecit pedibus, strepitumque Acherontis avari.

Y Ovidio:

Carmina sublimis tunc sunt peritura Lucreti