Tratemos ahora de indagar por qué los mismos alimentos no convienen á todos los animales, ya que unos encuentran agradable y dulce lo que á otros molesta por amargo y áspero. Desde luego es notable que hay substancias muy útiles para el sostenimiento de algunos seres vivos, pero que son irremediablemente venenosas para otros; por el sólo contacto del humor salival humano, la serpiente se enfurece, y después de inferirse varias mordeduras muere entre congojas; para nosotros es veneno acre el eléboro que á las cabras y á las codornices nutre. Á fin de que puedas conocer el fundamento natural de esas diferencias, debes el recuerdo traer á tu memoria de lo que ya hemos dicho acerca de la distinta composición elemental de los cuerpos; si todos los animales en su forma exterior, en sus miembros, en su aspecto, son desemejantes y constituyen especies variadas, necesario es también que sean distintos sus principios integrantes, su estructura, sus vasos, todos sus órganos, su misma boca y aun su mismo paladar; lo que en unos sea pequeño, en otros será de gran volumen; lo triangular en éstos, será cuadrado, redondo ó de muchos lados en aquéllos; los conductos y sus orificios serán proporcionales, y las moléculas que en ellos se ingieran corresponderán á la figura de los órganos. Ha de haber un perfecto enlace entre la posición de los cuerpos elementales y la forma y movimiento de las moléculas, y, por tanto, la textura de los órganos de cada animal, y sus poros y sus venas han de guardar relación completa. Luego no es para extrañar el hecho de que unos hallen dulces substancias alimenticias que otros encuentran amargas, porque en los conductos del paladar de los primeros entrarán elementos muy finos, mientras que en los de los segundos se introducirán moléculas toscas, ásperas, que lesionarán las fauces.
Ahora te será fácil con estos datos resolver muchos problemas: así, cuando la abundancia de bilis origina fiebre, ó cuando cualquiera otra causa produce trastorno en el organismo, se experimentan los efectos del malestar en todo el cuerpo, sencillamente porque los elementos primarios cambian de posición; antes se hallaban dispuestos como convenía á la condición del ser que informan; ahora, dislocados, no funcionan regularmente y en ellos dominan influencias morbosas. Ya en otra ocasión hemos podido considerar que de la conjunción de elementos contrarios resulta el sabor de la miel.
675. Nunc age, quo pacto nares adjectus odoris...
Voy á explicar ahora el procedimiento seguido por las emanaciones odoríferas para influir en el aparato olfatorio. Necesario es que de los cuerpos se desprendan y se evaporen muchas partículas que inunden con sus efluvios extensos espacios, supuesto que los percibimos como provenientes de todas direcciones. En verdad, las aptitudes y los estímulos que con relación á los olores tienen los animales, han de ser variadas tanto como sus especies; las abejas, desde largas distancias son atraídas por el perfume de las flores apropiadas para la elaboración de la miel; el buitre es guiado por la fetidez cadavérica; el olor que deja en su fuga la fiera de hendida pesuña despierta la especial disposición de los perros; el cándido pato, guardador del romúleo alcázar, presiente por las corrientes del aire la aproximación del hombre. Así, por el olfato los animales se sienten obligados á buscar el alimento que les sea propio, y á huir de aquellos que les perjudiquen; de ese modo se conservan las razas vivientes.
699. Hic odor ipse igitur, nares cuicunque lacessit...
Este mismo olor, pues, irrita las fosas nasales, y aunque las moléculas que lo producen tienen bastante alcance, no pueden ir tan lejos como las del sonido y la voz, y especialmente, según ya he dicho, como los simulacros que hieren los ojos y excitan la visión, porque aquéllas se esparcen, se propagan lentamente, se descomponen con facilidad en las auras y mueren con rapidez. Este fenómeno se realiza, en primer término, porque las emanaciones se originan sólo de la parte superficial de los cuerpos, y no admite duda que la energía de los efluvios de lo interior procede, como lo prueba el hecho de que más olor den los cuerpos que se fracturan, se machacan ó se descomponen al fuego; y en segundo lugar, se nota que las partículas estimulantes del olfato son más gruesas que las del sonido, por cuanto aquéllas no pueden penetrar á través de los muros, mientras que éstas fácilmente se transmiten. Demás de lo dicho, fácil es comprobar que las emanaciones odoríferas no dan á conocer el lugar en que se hallan los cuerpos de que dimanan; las auras los contrarían y marchan con lentitud ó se disipan; nunca proceden como diligentes mensajeros que llevan rápidas noticias de las cosas al sentido correspondiente: por esa causa muchas veces los perros pierden el rastro que siguen.
Y no solamente las emanaciones sápidas y olfatorias tienen acomodamiento desigual para los seres; también unas mismas imágenes y unos mismos colores impresionan de manera distinta á diferentes ojos, y aun á algunos produce afección dolorosa lo que á otros no molesta; por ejemplo, el gallo, que ahuyenta la noche con sus alas y saluda con vibrante voz la aurora, causa terror á los leones, que ante su presencia huyen, tal vez porque del cuerpo de aquella ave doméstica surgen substancias moleculares que se introducen en la pupila de los ojos del león, el cual, á pesar de su ferocidad, sufre con ellas dolor fuerte é irresistible; sin embargo, á nosotros no nos causan daño, bien porque las mencionadas partículas no tienen acceso en nuestros ojos, bien porque si en ellos penetran encuentran fácil salida sin ofender nuestro aparato visual.
734. Nunc age, quæ moveant Animû res, accipe; et unde...
Aprende ahora, pues, aprende á conocer en pocas palabras las substancias que mueven el ánimo, de dónde proceden y cómo á él llegan. Primeramente digo que en toda la extensión del espacio vagan y giran de variados modos innumerables y muy tenues simulacros de las cosas, los cuales al encontrarse en las auras fácilmente se coaligan, como los hilos de araña y las hojuelas de oro; es su levedad aún mayor que la de las efigies, cuyas finísimas partículas tocan en los ojos y motivan la visión, y de seguida penetran por el aparato visual, mueven la íntima naturaleza del ánimo y excitan de éste la potencia sensible; merced á ese proceso podemos representarnos Centauros, personificaciones de Escilas, triplicadas cabezas de cerberos, y aun imágenes de personas cuyos huesos cubre ya la tierra. En todas partes existen simulacros de variadas especies; unos que espontáneamente se forman en el aire, otros que son procedentes de las cosas y fuera de ellas se combinan de múltiples modos: ciertamente la imagen del Centauro no responde á ningún ser real, porque nunca ha existido un animal de su figura; pero las imágenes del hombre y del caballo pueden fácilmente encontrarse, y unirse como antes he dicho, á causa de su naturaleza sutilísima, apropiada para conjunciones sutiles. De manera igual se han formado otras representaciones; porque los simulacros por su agilidad se mueven instantáneamente y con su delicado impulso pueden mover la acción del ánimo, dotado también de admirable movilidad y de sutileza extrema.
Fácilmente puedes comprender la manera cómo se realizan esos hechos de que ya he hablado, si consideras que nuestros ojos son capaces de ver lo que en nuestra alma se halla, supuesto que la percepción de la imagen y la representación en nuestra alma son dos instantes de un mismo fenómeno; y si no podemos ver leones, como ya he dicho, sino por medio de simulacros que nuestros ojos impresionen, lícito ha de ser pensar que los simulacros de los leones llegarán á nuestro entendimiento como otros de la misma especie tocan á nuestros ojos, si bien aquéllos deben ser más tenues que los segundos. Y no por otra razón es posible que el ánimo se halle vigilante cuando el sueño abate los miembros, á no ser porque los simulacros estimulen nuestro ánimo lo mismo que si estuviéramos despiertos, y así, dormidos nos figuramos ver á personas que llegaron al término de la vida y de las cuales se apoderó la muerte. En la Naturaleza se realizan esas ilusiones por causa del profundo sueño de los sentidos que imposibilita á éstos para conocer la verdad, y del abatimiento de la memoria que, adormecida, no distingue que pertenece á la muerte algo de lo que la imaginación nos da revestido con las apariencias de la vida.