864. Illud item non est mirandum, corporis ipsa...
Tampoco debe nadie admirarse de que los seres animados busquen los alimentos que más se adaptan á su naturaleza. Ya te he dicho que de los cuerpos fluyen y brotan numerosas moléculas en cantidad proporcionada al movimiento que los mismos desarrollan: por la transpiración, desde lo más íntimo del organismo, salen muchas; otras por la boca se escapan en la respiración anhelante. Esas derivaciones continuas representan pérdidas que abaten el cuerpo hasta sumirlo en postración seguida por cierto dolor estimulante que obliga al ser vivo á buscar los alimentos necesarios para calmar las molestias sufridas, para reponer las fuerzas gastadas y para renovar las energías de los miembros y de las venas; también los fluidos se reparten por el cuerpo, y con su humedad se calman los ardores provocados por la combustión efectuada en el estómago, y se restringe el fuego que trata de invadir el organismo: de esta manera se apaga la ardiente sed y se calma la famélica ansiedad.
Ahora trato de inquirir la causa que nos permite andar y mover nuestros miembros de varios modos, con sujeción á nuestra voluntad, agente que impulsa la pesada masa de nuestro cuerpo; escucha, pues, mi discurso. Digo que los simulacros rozan nuestro ánimo, y, como ya expuse más arriba, le comunican cierto movimiento, del que se originan las determinaciones volitivas, que son requisito indispensable de todo lo que se proyecta ó se ejecuta; luego la formación de la imagen ante la presencia del objeto, es la primera condición para todo hacer. En cuanto el ánimo se resuelve á seguir una dirección, la energía del alma, que extendida está en los órganos y en los miembros, compele á éstos; el fenómeno se realiza sin dificultad, porque siempre el alma, unida al cuerpo, impulsa á éste, que se pone en movimiento y avanza; también el aire, que nunca deja de agitarse, en cumplimiento de su propia función, penetra en los dilatados poros del cuerpo activo, y va á esparcirse hasta por las más pequeñas partes del ser. Hay, pues, dos clases de substancias que imprimen al cuerpo el movimiento, como dos fuerzas combinadas, la del viento y la de las velas, son las que ponen en marcha la nave. Y no debe sorprender el hecho de que elementos delicadísimos puedan mover y conducir á su arbitrio el cuerpo con toda su gravedad: también el ligero viento, á pesar de su composición tenuísima, puede empujar velozmente una pesada nave, á la cual una sola mano rige en el mar, por arrebatado que esté, y un solo timón da la dirección conveniente: de igual modo las gruas y los tornos elevan masas enormes, aunque sean movidas por un débil esfuerzo.
913. Nunc quibus ille modis somnus per membra quietê...
Ahora, para explicarte el modo con que el sueño difunde la quietud por los miembros[48] y expulsa los temores del ánimo, emplearé dulces, aunque pocos versos, pues más grato es el débil cantar del cisne que el graznar de las grullas, oído hasta en las nubes[49]. Concédeme atento oído y ánimo reflexivo, y no rechaces sin meditación las razones que voy á exponerte, ni con prevenciones caprichosas niegues demostradas verdades: tuya, de todas maneras, será la culpa, si no adquieres aptitud para discernir con acierto.
[48] La frase de Lucrecio es: somnus per membra quietem inriget. Virgilio dijo después: fessos sopor irrigat artus.
[49] Repetición de los versos 175, 176 y 177 de este mismo canto.
Cuando la energía anímica dispersa por los órganos llega á descomponerse, de tal modo que una parte de ella sale fuera del cuerpo, mientras que otra parte en el interior de éste se condensa, el sueño sobreviene. En este caso, las relaciones que entre los miembros existen se quebrantan, y todos éstos caen en laxitud: el alma nos da las sensaciones, pero no puede privarnos del sueño sin que la misma substancia pensante ó racional se perturbe y sea lanzada fuera del organismo, aunque no completamente, porque el frío de la muerte se extendería por todo el ser, si en él no quedaran, como ascua entre cenizas, partículas del alma que pudieran esparcirse en los miembros á manera de súbita explosión, como del fuego latente surge la llama. Pero ahora voy á explicarte las causas que producen languidez para el cuerpo y turbación para el alma; procura que yo no vierta mis palabras en el viento.
En primer lugar, es evidente que el cuerpo, siempre en contacto con las auras aéreas, ha de recibir de éstas en su parte exterior repetidos rozamientos, que puede sufrir sin contrariedades por estar cubierto de cuero, de cerda, de concha, de piel callosa ó de cáscara; y en su parte interior ha de sentir el aire aspirado que luego por la espiración exhala; así el cuerpo, batido por dentro y por fuera, recibe choques á través de los poros hasta en sus elementos primarios constitutivos, y experimenta poco á poco abatimiento y cansancio. De este modo conturbados y dislocados de su posición normal los principios integrantes del ser, el alma se fracciona en partes, una que del cuerpo sale, otra que oculta permanece en lo interior de éste y otra que se esparce por todos los órganos; y no pueden reunirse las tres ni ejercer movimientos mutuos, porque la Naturaleza les ha cerrado las entradas y los caminos: consecuencia de este desorden es el desvanecimiento de la sensación. Cuando este caso llega, el organismo pierde su vigor, el cuerpo se debilita, languidecen todos los miembros, los brazos y los párpados decaen, las piernas se abaten extenuadas, las fuerzas desaparecen.
Y en segundo lugar, si después de la comida sobreviene el sueño, es porque el alimento cuando se distribuye disuelto en las venas, produce en éstas un efecto parecido al que en las mismas engendra el aire; el sueño es pesado cuando al dolor del hambre sigue el placer de la satisfacción, porque entonces son muchos los elementos que se reunen para activar las funciones de la vida: en esta ocasión el alma penetra en el cuerpo con mayor intensidad, se manifiesta al exterior con mayor amplitud, y sus elementos componentes más se apartan y más se esparcen.