Finalmente, cuando en la flor de la edad se unen dos amantes y el cariño los aproxima ante la presencia de Venus que preside la fecundación femenina, se estrechan y se halagan como si quisieran ambos confundirse en una sola alma y en solo un cuerpo; crecen sus arrebatos amorosos y sus violentos ardores, que se resuelven en efluvios de delicias; pero los afanes que se amortiguan por la satisfacción renacen después de corta pausa; vuelven el mismo frenesí, el mismo furor y la misma rabia; los amantes anhelan llegar al fin que los atrae; pero no encuentran medio de extirpar el mal que padecen, hasta que desfallecidos caen agobiados por oculto fuego que los consume ó por dardo penetrante que los hiere.
Añádase, además, que las fuerzas se consumen agotadas por anhelos eróticos; que se pasa la vida sujeta á ajena esclavitud; que se extingue la fortuna, y después se contraen deudas; que el crédito se pierde; que los deberes se olvidan; que se cae en la deshonra: se adquieren perfumes, lindo calzado procedente de Sición[51], joyas de oro y de verde esmeralda, ropas delicadas que se humedecen con el sudor de la persona amada; los bienes que los antepasados supieron juntar y legaron á sus herederos se disipan en fajas, tocas, estofas de Malta y de Cea[52], opíparos banquetes, dulces vinos, suaves perfumes, recreos, guirnaldas y coronas; y á pesar de tantos dispendios nada es bastante para endulzar la amargura que se experimenta, y de cuyo fondo surgen flores que se convierten en espinas, ya porque la propia conciencia acusa de que se lleva una vida ociosa ó perjudicial, ya porque alguna frase equívoca de la persona amada penetra hasta el fondo del corazón, ora porque en sus ojos se descubre una mirada furtiva en favor de un rival, bien porque en su fisonomía se cree hallar alguna vez una expresión de mortificante menosprecio.
[51] Ciudad del Peloponeso.
[52] Cea, isla del mar Egeo.
Si grandes son los males que nos acarrea una pasión correspondida, mayores son los que trae consigo un amor desgraciado: es, pues, conveniente, vivir alerta para librarse de tantos peligros. Más fácil es precavernos de las celadas de amor, que romper las mallas de su red y cortar los apretados nudos con que Venus las estrecha.
1151. Et tamen implicitus quoque possis, inque peditus...
Pero aun cuando ya estés dominado por el amor, todavía podrás librarte de su imperio si quieres dejar de ser esclavo y observar con ojos serenos los defectos del cuerpo y los vicios del ánimo de la persona que te subyuga. Bien sé que los hombres ofuscados por la pasión atribuyen á la beldad amada todas las perfecciones imaginables que seguramente no tiene; hasta las mujeres viciosas y repugnantes reciben mimos, respetos, atenciones y caricias de algunos hombres. Tales individuos se escarnecen los unos á los otros, se aconsejan mutuamente para pedir á Venus que los libre de su extravagante amor, y los miserables, que ven el ajeno mal, ni siquiera aciertan á comprender sus propios errores. Si la mujer amada es muy morena, para el enamorado es trigueña agraciada; si es sucia y exhala mal olor, es poco aficionada á afeites; si tiene los ojos azules, es rival de Palas; si nerviosa y seca, es como la corsa de Menelao; si enana, es una de las tres Gracias, toda encantos; si larga y desproporcionada, es la personificación de la majestad; si torpe de lengua, no quiere hablar; si muda, prudente es; si colérica y charlatana, es luz perenne; si de enfermiza constitución, es delicada; si peligrosa tos padece, es una dulce hermosura; si es gorda y de pechos abultados, es Ceres amante de Baco; si chata, es como los sátiros; si de labios gruesos, es encantadora. Jamás terminaría si hubiera de relatar todo lo que se dice en este género.
Pero aun cuando posea todas cuantas bondades quiera suponérsele y tenga de Venus toda la gracia y la belleza, ¿será la única de su especie? ¿No habrá vivido antes el mundo sin ella? ¿No estará sujeta á las mismas necesidades que afligen á las más feas, y la infeliz no se impregnará de fétidos olores que harán á los fámulos huir, al mismo tiempo que se burlan furtivamente de la hermosa?
El amante que tiene prohibida la entrada en la casa de su deidad coloca en las puertas coronas y flores, perfuma el umbral con valiosos ungüentos para ver si consigue ablandarlo y besa el inflexible quicio; pero si al cabo llega á penetrar y de ciertos olores siente algún vestigio, inmediatamente busca un pretexto para ausentarse, olvida las quejas que por tanto espacio de tiempo lanzara y se acusa de loco por no haber considerado antes que á ningún mortal pueden suponerse dones incompatibles con su naturaleza: nuestras beldades saben á qué atenerse respecto de este asunto, y ocultan con exquisito cuidado á aquellos á quienes pretenden ligarse con vínculos de amor muy estrechos, todo lo que se refiere á escenas íntimas de la vida faltas de pulcritud; pero inútilmente las ocultan, porque sin duda, cualquiera puede suponerlas mentalmente; quizá por este motivo hay mujeres amables y no fatuas que en ocasiones dadas te sabrán tolerar algunas faltas propias de la humana flaqueza.
No siempre, aunque sí algunas veces, la mujer suspira amor sin fingimiento: en esa ocasión, estrechada al cuerpo de su amante, ofrece á éste sus húmedos labios y con transportes solicita un largo espacio en la carrera del amor: de igual modo hay momentos en que todas las hembras, lo mismo las volátiles que las terrestres, las feroces que las mansas, con docilidad se someten á los férvidos ardores de sus compañeros. La Naturaleza impone esta sumisión de la que resultan fecundos goces. ¿No ves algunas veces que se martirizan aquellos á quienes une mutuo deleite? ¿No ves en los trivios cómo luchan para divorciarse canes enlazados por atracciones genéticas? Este caso nunca se daría si un mutuo instinto de común placer no los hubiera hecho sus cautivos.