Antes de que empiece á explicarte las leyes en que descansa el orden universal, leyes más sagradas y más ciertas que los oráculos dictados por la Pitonisa de laurel coronada y subida en el trípode apolónico, voy á ofrecerte algunas consideraciones que tu ánimo levanten: no caigas en la debilidad de creer que en consonancia con lo que las religiones dicen, la Tierra, el Sol, el cielo, el mar, las estrellas y la Luna sean cuerpos divinos que han de permanecer como ahora se muestran, eternamente, y que son impíos como los Gigantes[54], y merecedores de horribles penas aquellos malvados que afirman la posibilidad de que se deroguen los fundamentos del mundo, se apague el rutilante luminar del día y mueran los llamados seres inmortales.

[54] Los Gigantes que pretendieron escalar el cielo, es decir, los hombres atrevidos que desearon conocer la ciencia del mal y del bien.

Tan distantes se hallan de la condición divina esos cuerpos y tan indignos son de figurar colocados entre los dioses, como que, según cuanto puede comprenderse, constan solamente de una materia bruta incapaz de sensaciones; porque no puede suponerse que á todos los cuerpos sea dado poseer alma inteligente y sensible: así como no pueden existir árboles en el aire, nubes en el mar, peces en el campo, en la madera sangre y savia en la piedra, de igual modo no puede nacer alma sin cuerpo ni existir sin nervios y sangre, porque el orden consiste en la determinación de cada ser con arreglo á sus condiciones constitutivas; y si otra cosa fuera posible, también sería fácil que el ánimo surgiese en la cabeza, en los hombros ó en otra parte del cuerpo, si de cualquier modo estaba en el mismo individuo, en el mismo vaso; pero como ya sabemos que el ánimo y el alma crecen y se desarrollan en esfera propia, no tenemos razón para afirmar que fuera de los seres animados puedan existir, ya sea en las profundidades de la Tierra ó en el fuego del Sol, ya en las masas de agua ó en la extensión del aire. Luego no tan solamente aquellos cuerpos carecen de esencia divina, sino también de sensaciones que les den vitalidad animada.

Y por este motivo no debes creer que en alguna parte del mundo haya mansiones destinadas para residencia de númenes: si éstos son delicadas substancias que los sentidos no pueden percibir y la inteligencia apenas comprender, y si escapan además á nuestro tacto, deberán tener relaciones con algo que del orden sensible exceda, porque no puede tocar lo que es incapaz de ser tocado. Luego la morada propia de los dioses debe ser muy diferente de la nuestra y tan sutil como su cuerpo; afirmación que en otro lugar te demostraré extensamente[55].

[55] Es opinión generalmente admitida que Lucrecio no cumplió su promesa, quizá por su prematura muerte.

157. Dicere porrò hominum causâ voluisse parare...

Decir, pues, que para bien de los hombres quisieron los dioses formar el mundo y que por este favor les debemos gratitud; pensar que eterno es é inmortal ha de ser lo existente; añadir que es un crimen aportar razones encaminadas á probar que es destructible ese edificio labrado por inteligencia divina, y fingir otras invenciones de esa especie ¡oh Memmio! es delirar. ¿Qué beneficio habría de producir á los inmortales nuestra gratitud, para que ese incentivo los moviera á realizar una obra destinada solamente para nuestra dicha? ¿Qué motivos podrían tener los dioses que desde toda eternidad habían vivido en reposo, para concebir deseos de cambiar de vida en un momento dado? Aspira á una mudanza de posición aquel que en su antiguo estado se encuentra mal; pero el que no ha sufrido nunca daño y en serenidad pasa ilimitado tiempo, ¿cómo puede sentir impulsiones para alterar su calma? Y si la eternidad yacía en triste confusión hasta que brilló el origen creador de las cosas, á nosotros ¿qué mal podía causarnos el no haber nacido? Puede apetecer la vida el que felicidades goza desde que participa de ella; pero el que nunca gustó delicias, ¿qué pierde si no es creado?

¿Cómo pudo germinar para los dioses el modelo de todas las cosas y la idea del hombre? ¿cómo los númenes concibieron la obra que después llevaran á cabo? Si la Naturaleza misma en desdoblamientos sucesivos no dió la creación hecha, ¿de qué modo los dioses conocieron la fuerza de los elementos simples y las aplicaciones que ofrecía? En todo tiempo los primeros principios atraídos y repelidos mutuamente, por la acción de su propia gravedad se han agitado con movimientos múltiples en el espacio y de variadas maneras se han asociado en combinaciones creadoras: no es, pues, admirable el hecho de que en el transcurso de los tiempos, como resultado preciso de sus mudanzas y movimientos, hayan constituido una Suma total con energías bastantes para ser renovada perpetuamente.

Pero aunque no conociera las cualidades propias de los principios generadores de todas las cosas, aún me atrevería á asegurar, mediante la contemplación del cielo y de todas las cosas existentes en el espacio, que de ningún modo el Universo ha podido ser hecho para nosotros por inspiración divina: ¡tantos defectos contiene!

202. Principio, quantùm Cœli tegit impetus ingens...