[53] Sin duda Lucrecio usa aquí de la palabra dios en su acepción primitiva: sabido es que el vocablo deus latino, como el griego θεός, provienen de la raíz sanscrita div que significa brillar; en este sentido es dios, y por tanto inmortal, aquel que por sus hechos vive siempre en la memoria de los hombres. Lucrecio juzga que Epicuro no era de naturaleza mortal y debe ser considerado como dios supremo, porque entiende que el filósofo de Samos, por sus enseñanzas, brilla en la historia más que los otros genios de la mitología griega y romana.
Compara con las suyas las empresas antiguas realizadas por otros que se estiman como dioses. Ceres, según dicen, dió á los hombres los cereales y Baco el vino; dos regalos sin los cuales bien podríamos vivir, como pasan muchas naciones que aun hoy mismo no los poseen; pero nadie puede ser feliz si carece de virtudes, y por tanto, debe ser considerado como dios supremo aquel que entre las gentes divulgó lecciones que endulzan las amargas aflicciones de la vida.
Si pensaras que Hércules por sus trabajos merece tan distinguida preferencia, te colocarías á mucha distancia de la razón: ¿qué terror pueden causarnos hoy el león de Nemea con su inmensa boca siempre abierta, y el horrendo jabalí de Arcadia? ¿qué valdrían en nuestro tiempo el toro de Creta y la hidra de serpientes venenosas que representa la peste de Lerna? ¿qué importancia tendrían para nosotros la triple fuerza del tricorpóreo Gerión, y los caballos de Diómedes que por la nariz lanzaban fuego en Tracia, en la comarca de Bistania próxima al monte Ismaro? ¿y las temibles garras de las aves que habitaban las riberas del lago Estínfalo en Arcadia? ¿y el furioso dragón de encarnizados ojos que enroscado en el árbol correspondiente guardaba las manzanas de oro del jardín de las Hespérides, situado en el litoral Atlántico, á cuyos puertos ni nosotros ni los Bárbaros pretenden arribar? ¿qué daño nos podrían causar los otros monstruos de parecida especie si vivieran hoy como eran antes de ser vencidos? Creo que ninguno: en toda la tierra hay animales feroces que invaden los elevados montes y las profundas selvas, y fácilmente podemos evitar su arriesgado encuentro.
Pero si los vicios penetran en el corazón ¡qué rudas batallas nos dan y qué peligros nos crean! ¡Cuántos anhelos, temores é inquietudes produce la sórdida avaricia! ¡cuántos males corroen nuestra alma evocados por la soberbia, la deshonestidad, la petulancia, la ociosidad y el lujo!
Y el haber subyugado á tantos enemigos, no con el empuje de las armas, sino con las enseñanzas de la razón, ¿no es motivo suficiente para que un hombre sea colocado entre los dioses? Pero hizo todavía más: habló divinamente acerca de los dioses inmortales y puso de relieve ante el mundo los arcanos de la Naturaleza.
57. Quojus ergo ingressus vestigia, nunc rationes...
De este genio he de seguir la senda, y desde luego continuaré la exposición de mis razonamientos, destinados á patentizar que tienen todos los seres criados una cierta necesaria duración, porque nada hay que pueda substraerse á las leyes de la vida. He tratado ya del alma, que se forma con el cuerpo y no puede ser eterna, y también de los simulacros ó imágenes que en sueños se nos presentan como sombras de personas que han existido y nos asustan: ahora el orden exige que te hable de la creación y descomposición del mundo; acerca de las atracciones y repulsiones de los cuerpos simples que han podido originar la Tierra, el Cielo, el Mar, las Estrellas, el Sol y el globo de la Luna; de qué modo nacieron los animales terrestres y tenemos representaciones de otros que nunca han existido; de la manera cómo los individuos de la especie humana comenzaron á comunicarse mediante la palabra modulada por inflexiones de la voz; de cómo el temor de lo ignorado engendró en nuestra alma la idea de los dioses y dió motivo para la invención de los sagrados bosques, lagos, templos, altares y simulacros de los númenes.
Te explicaré, además, las causas del curso del Sol y de los movimientos de la Luna y de la energía con que la Naturaleza gobernante los dirige, para que no entiendas que entre el Cielo y la Tierra han surgido por libre determinación de ellos mismos y bajo la inspección de dioses con el fin de favorecer el desarrollo de los animales y de los frutos. Muchos hombres que llegaron á considerar imposible la existencia de esas divinidades en las regiones celestes, cuando tratan de conocer la marcha regular del Universo, y especialmente en lo que se refiere al etéreo espacio, empujados por su ignorancia se despeñan de nuevo en las obscuridades profundas de las religiones y consideran cómodo admitir los tiranos dioses que á su gusto reparten el bien y el mal: los desgraciados no saben distinguir entre lo que puede ser y lo que no puede ser, y no conocen que todo lo existente en cierto grado participa de la potencia universal.
93. Quod superest, ne te in promissis plura moremur...
Ahora, pues, para no cansarte más con promesas, observa primeramente los mares, las tierras y el cielo, tres cuerpos que son, ¡oh Memmio! de naturaleza desemejante, de especie diferente, de textura diversa, pero que serán arruinados en un día y así quedará deshecha la máquina del mundo, por tantos años conservada. No se me oculta lo extraña que parecerá la teoría de la subversión futura y lo difícil que me ha de ser la divulgación de verdades nunca enunciadas y que no pueden comprobarse con los sentidos, únicas puertas por donde es posible que la evidencia penetre en nuestra alma; pero las expondré, á pesar de estos inconvenientes, pues quizá no esté muy lejano el día en que pruebas claras apoyen mis enseñanzas, y aun tal vez que nuestro mundo llegue á trastornarse entre convulsiones: ¡ojalá no sucedan así las cosas, y no sean los hechos sino la reflexión despertada por mis ideas el medio que te demuestre que es posible la demolición del mundo!