Tratemos ahora del aire, el cual en todos los momentos sufre numerosas variaciones: los efluvios que brotan de los cuerpos en ese vasto Océano se pierden y á la vez éste da materiales para la renovación de todas las cosas; de lo contrario, todo cuanto existe con el tiempo en aire se convertiría: contribuyen, pues, todos los cuerpos mediante sus continuas emanaciones á la formación del aire, y éste da elementos para la composición de todos los seres.

El Sol, perenne foco de claridad, etéreo astro que baña el cielo con su brillo continuamente renovado, sin cesar enriquece su corriente luminosa con no interrumpidas producciones de luz, porque siempre sus rayos se extinguen al llegar á su destino. Te será fácil convencerte de la exactitud de esa observación si reparas en que al ponerse las nubes entre el Sol y nosotros el manantial luminoso queda cortado é inmediatamente desaparece en su parte inferior; entonces la Tierra se obscurece en la porción correspondiente á las nubes interpuestas: de este hecho puedes inferir que los cuerpos necesitan luz de renovación no interrumpida, que todo rayo luminoso al momento en que surge se consume, y que no podríamos ver los objetos si faltasen las continuas emisiones de luz solar.

También las luces de que nos valemos por la noche, artificialmente obtenidas en lámparas y antorchas de las que se derivan torrentes de humo y de llamas, dan fulgores vacilantes pero no interrumpidos, porque la rapidez con que su corriente se renueva es tal que súbitamente reemplaza á la luz que va á extinguirse por otra nueva que se forma. Algo parecido sucede con el Sol, la Luna y las estrellas, y, por tanto, lejos de considerar inalterables esos cuerpos debes creer que nos alumbran por efecto de sus continuas emisiones tan pronto consumidas como renovadas.

Finalmente; ¿no ves de qué manera el tiempo deja marcado su paso en las piedras, y cómo torres elevadas sucumben, rocas se deshacen en polvo, templos y estatuas de dioses se destruyen y acaban en ruinas, sin que esos dioses puedan salvar los límites de las cosas ó contrariar las leyes de la Naturaleza? ¿No vemos que otros monumentos levantados en honor de los hombres también se quebrantan como cuerpos minados por vejez? ¿No sabemos que de lo alto de algunas montañas se desprenden enormes bloques de granito incapaces para sufrir inmutables la demolición del continuo suceder? Pues no caerían como arrancados repentinamente ó bajo la acción de un choque si hubieran resistido los continuados asaltos del tiempo.

319. Denique jam tuere hoc circùm supràque, quod omnê...

Considera esa inmensa capa que rodea la Tierra, la cual, según algunos dicen, en sí contiene y absorbe todo cuanto existe; principio también tuvo y tendrá fin porque toda materia que sirve para nutrir á otros seres se desgasta, así como aumenta cuando varios elementos se le incorporan.

Además, si el Cielo y este mundo que habitamos carecieran de principio y siempre hubieran existido, ¿por qué no se conoce algún poeta que haya cantado hechos gloriosos anteriores á la guerra de Tebas y á la destrucción de Troya? ¿por qué no se conserva de otras nobles acciones el recuerdo engalanado con fama inmortal?

Con certeza el Universo tiene cierta novedad y nuestro mundo aún está en sus comienzos; su edad es muy corta: por este motivo aún las artes no han adelantado y algunas hay que ahora se inventan; hasta hoy no ha empezado la marina á hacer progresos y la harmonía musical á perfeccionarse; en fin, el conocimiento de la naturaleza de las cosas hace muy poco tiempo que se ha iniciado, y soy el primero que lo puede comunicar en nuestra lengua patria.

Porque si crees que todas estas cosas han existido antes de ahora, pero que la razón humana pereció consumida por fuego devorador y que las ciudades fueron arruinadas por los trastornos del mundo, ó que torrentes copiosos de lluvias han podido sobre éste furiosos descargar hasta sumergirlo, más fácil te será creer en la futura destrucción del Cielo y de la Tierra; pues si una vez cayeron tantas desdichas sobre el mundo y éste pasó tantos peligros, el efecto sería más destructor si la causa que lo combatiese fuera más enérgica: y, en verdad, nosotros mismos para creernos mortales el único fundamento que tenemos es el de saber que participamos de la misma condición que otros á quienes la Naturaleza arrebató la vida.

Para que un cuerpo subsista eternamente es necesario, ó que sus componentes sean por completo sólidos y resistan el choque, la penetración y la disociación producidos por otros cuerpos, como sucede á los elementos de la materia, de los cuales con extensión hemos tratado anteriormente, ó que no sea susceptible de choques, como el vacío, que permanece siempre intacto y nunca puede ser destruido, ó, por último, que no esté rodeado por un espacio al que sean lanzados sus fragmentos; de esta manera última es eterna la Suma de las sumas, fuera de la cual no hay nada que pueda alterarla ó disolverla, ni lugar en que se disipe, ni agentes que la disminuyan ó quebranten. Pero como ya he demostrado, el mundo no tiene solidez absoluta, porque en todas las concreciones hay que admitir intersticios; ni tiene las condiciones del vacío porque hay en la Naturaleza otros cuerpos que pueden producir trastornos en su composición y rodearlo de invencibles peligros; existe, además, un espacio infinito donde el globo terráqueo puede anularse y sus elementos ser precipitados á la disolución[58]. Por tanto, el Cielo, el Sol, la Tierra y los mares no tienen cerradas las puertas de la muerte, sino franqueadas de par en par. Y si el mundo está sujeto á muerte no ha podido existir sin tener comienzo; alguna vez debió salir de la indeterminación durable de los tiempos.