[66] Diodoro de Sicilia, Estrabón y Juvenal hablan de esa tradición.

Y no debe causarte admiración el hecho de que en épocas fijas puedan reunirse tantas partículas de fuego que restauren el brillo y el calor del Sol, porque vemos que otros muchos fenómenos ocurren también en tiempos fijos: en las mismas épocas todos los años florecen los árboles y maduran las frutas; en la vejez se caen los dientes debilitados, y á tiempos fijos los jóvenes se cubren de menudo vello y sienten en el rostro los empujes de la barba; la lluvia, la nieve, el rayo, los vientos y las nubes siguen movimiento regular en las estaciones. Al determinarse cada ser muestra una propia energía que puesta en acción sigue invariablemente el turno que le corresponde en el orden universal. Aumenta la duración de los días cuando la de las noches disminuye y ésta crece cuando aquélla se acorta, porque el Sol, que siempre es el mismo, sobre las tierras y debajo de ellas, describe arcos desiguales que cortan el Cielo en porciones diferentes, y lo hace con tal regularidad, que da á cada parte del mundo la porción de luz de que ha privado al hemisferio opuesto, hasta que en su curso llega al fin del signo donde las noches son iguales á los días, porque la parte del espacio en que se halla se encuentra á igual distancia del aquilón y del austro, término de la rotación anual del Sol, y punto desde donde con igualdad esparce su fuego, tanto por el Cielo como por la Tierra: así á lo menos lo enseñan aquellos que han representado por medio de imágenes las regiones del cielo. Puede también suceder que el aire, muy denso en algunos sitios, no dé acceso á los vacilantes rayos del Sol, y éstos no puedan penetrar con facilidad en los rumbos del Oriente, y por este motivo las noches del invierno son muy lentas y parecen interminables por lo mucho que se retarda la aparición de la luz diurna; ó puede suceder que del año en partes alternas corren, ya más despacio, ya más aprisa, las moléculas de fuego que reunidas componen el Sol, y determinan así las estaciones.

703. Luna potest Solis radiis percussa nitere...

Quizá brilla la Luna porque en ella se reflejan los rayos de la luz del Sol: en este supuesto, la claridad que nos comunique ha de ser más amplia cuanto más distante se halle del Sol, hasta que al estar enfrente de ese astro su bello y redondo aspecto brille con plena luz en el horizonte, donde contempla la desaparición del Sol por el mismo sitio en que ella se levanta. Después, en dirección contraria ocultará su luz poco á poco y esconderá su brillo á medida que se acerque al disco del Sol y camine por la mitad opuesta á la posición de los signos. Así piensan los que en la Luna no ven otra cosa más que una esfera que tiene los movimientos por debajo del Sol; y entiendo que esa opinión es aceptable.

Y puede ser que la luz que nos muestra sea propia y que en la emisión de los fulgores ofrezca distintas formas. En ese caso deberá admitirse la intervención de un cuerpo opaco que se mueva al mismo tiempo que la Luna y paralelo á ésta, á la cual tape su luz en ocasiones; y también puede la Luna ser considerada como una esfera que tenga una sola mitad iluminada y al girar en movimiento de rotación presente varios aspectos, porque primeramente nos ofrecería su parte iluminada y poco á poco ésta se ocultaría hasta desaparecer totalmente de nuestra vista; en esta opinión descansa el sistema que los Caldeos sostienen en contra del parecer de los Griegos; pero ambas explicaciones son verosímiles, y no hay bastantes datos para considerar una cualquiera de esas doctrinas superior á la otra.

No es imposible que una nueva Luna sea creada con variadas formas, de las cuales se destruya en un día la que en el anterior se haya formado, se dé otra para el siguiente día y reemplace cada una á la anterior. Es difícil negar este aserto, porque se conforma con el régimen del Universo, en el cual se rehacen las cosas: aparece la primavera acompañada por el Amor y precedida del Céfiro que bate las alas, mientras que la madre Flora le prepara camino de flores y de perfumes: después síguese el calor, tras éste la aridez y luego viene Ceres llena de polvo por el soplo de los vientos etesios[67]; sigue el otoño, compañero de Baco, en cuyo séquito vienen tempestades, vientos, el altisonante Vulturno[68] y el ruidoso Austro[69] que anuncian las tormentas. Después de ellos nos visitan la nieve, el entorpecedor frío y el insufrible invierno que hace batir los dientes. Y si en tiempos fijos y con regular orden se suceden esos hechos, ¿habríamos de admirarnos si naciera y muriera la Luna en tiempos dados?

[67] Etesios, vientos del Nordeste.

[68] Vulturno, viento entre el euro (Levante) y el noto (del Sur).

[69] Austro, vendaval fuerte del Sur.

Los eclipses de Sol y los de Luna pueden ser atribuidos á varias causas: quizá pueda la Luna substraer á la Tierra la claridad del Sol y ocultar el brillo de éste por medio de la interposición de su opaca masa que absorba ó intercepte los rayos del foco luminoso: ¿y no podría existir otro cuerpo, opaco igualmente, que produzca ese efecto? ¿y no puede suceder también que el Sol en ciertas ocasiones se amortigüe y pierda su brillo que después recupere cuando haya pasado por regiones donde el aire no ofrezca adecuadas condiciones para hacer luminosas las emanaciones de aquel astro? Y si alternativamente puede la Tierra privar de luz á la Luna, y tener por debajo el Sol, mientras que el astro de revolución mensual se muestra obscurecido por la cónica sombra que se le pone delante, ¿no podrá suceder que otro cuerpo cualquiera se coloque frente al Sol, interrumpa su fulgor y nos despoje de su brillante luz? Pero si la luz de la Luna es propia, y no reflejada del Sol, ¿no podrá languidecer al pasar por ciertas regiones donde haya algún fluido contrario que apague todos sus fuegos?