La Luna, ya se mueva en el espacio iluminada con luz propia, ya brille con fulgores reflejados, como quiera que sea, no tiene mayor volumen, según parece, que el que distinguimos desde la Tierra. Todos los cuerpos que á distancia colocados vemos á través de grandes masas de aire, se nos muestran confusos y como si no tuvieran delineadas sus márgenes; pero la Luna se nos ofrece claramente con forma bien determinada y con límites perfectamente marcados: luego necesario es que sea, allá en las alturas, tal como desde aquí la percibimos. Últimamente, los puntos brillantes que ves en el etéreo espacio (ya que distinguimos en la Tierra su luz y notamos su claro centelleo y su ardor, y por tanto, nada han de haber perdido en la distancia, cualquiera que sea ésta, que los separa de nosotros), lícito es pensar que no han de ser mucho mayores ni menores que los contemplamos.

Y no te admire el hecho de que el Sol, aunque no sea muy grande, pueda emitir luz bastante para llenar los mares, la Tierra, el cóncavo Cielo, y esparcir por todas partes su calor; tal vez sea como un manantial único de donde proceda toda la luz de este mundo, ó sea foco donde los elementos ígneos se acumulen para repartirla después por toda la Naturaleza. ¿No ves cómo una fuente, quizá pequeña, riega extensos prados y á veces inunda las campiñas? Puede suceder que el fuego del Sol, aunque escaso, toque en las capas de aire que rodean al astro luminoso, y éstas conviertan en llamas el fuego que reciben, como las mieses y la paja son devoradas por incendio que produce una sola chispa; y acaso el Sol, aunque resplandece mucho con luz rosácea, en el espacio del éter esté rodeado por abundantes fuegos sin brillantez, los cuales cumplan la función de aumentar, los rayos y el calor del astro luminoso.

Ni es fácil de explicar ni aún se conoce perfectamente la causa que al Sol obligue á pasar desde las calientes regiones á las heladas de Capricornio y después se traslade al signo de Cáncer para volver al solsticio del estío; ni por qué la Luna emplee un solo mes en recorrer el mismo espacio que representa la carrera del Sol durante un año: no es simple ni conocida, vuelvo á decir, la causa de este fenómeno, si bien es verosímil la explicación que Demócrito da acerca de este asunto: según aquel pensador, los astros, cuanto más se aproximan á la Tierra, tanto menos pueden ser envueltos en las corrientes etéreas, porque la velocidad y fuerza de éstas decrecen á medida que descienden; por este motivo el Sol, colocado en la parte inferior de las constelaciones ardientes, se atrasa en su carrera con relación á otros cuerpos sobre los cuales se encuentra, y la Luna, que aún está más baja, más distante de los cielos y más aproximada á la Tierra, acompaña mucho menos á los signos en sus movimientos; y como el torbellino la arrastra levemente, con facilidad es alcanzada por los astros que la exceden en sus giros. Por tanto, aunque parece que llega muy pronto á los signos, lo que en realidad sucede es que éstos llegan á ella más pronto.

Quizá haya en el mundo corrientes alternativas de aire procedentes de regiones diversas que puedan á tiempos fijos empujar al Sol desde los signos del estío hasta el solsticio del invierno, y después desde los helados climas hacia los cálidos signos; si fuera exacta la teoría esta, sería necesario suponer que la Luna y las estrellas, impelidas por esas corrientes alternas de aire, describen una revolución en los grandes años[64].

[64] Tal vez se refiera Lucrecio á los años comprendidos en un ciclo de revolución sideral de que hablan las tradiciones de más remoto origen. Los Brahmanes de la India admitían el año cósmico formado por doce mil años divinos, cada uno de los cuales se componía de algunos millares de años solares. Pueden consult. págs. 101 y sigs. de El Alma según las esc. fil. de la Ind., por M. R. Navas.

¿No ves que las nubes impulsadas por los vientos contrarios ya suben, ya bajan, y siempre siguen opuestas direcciones? ¿Y por qué los astros no han de ser llevados de igual modo por diversas corrientes y con distinto rumbo?

649. At nox obruit ingenti caligine terras...

La noche cubre de impenetrable obscuridad la Tierra, ya porque el Sol llega disipado al término de su curso, y deja apagar sus fuegos que en el camino se han debilitado por el rozamiento con el aire, ya porque la misma fuerza que obliga á los rayos del Sol para remontarse tanto, podrá también obligarlos á prolongar su marcha por debajo de nosotros en dirección contraria.

La Aurora se presenta en tiempos fijos en los vastos dominios del éter y descubre la luz, ya porque el Sol tienda á anticipar su regreso de las regiones que debajo de nosotros quedan, y dore con sus rayos el cielo; ya porque diariamente en períodos regulares se junten fuegos y corpúsculos ígneos, y todos los días formen un nuevo Sol[65]; así pueden verse, como la tradición dice, desde las elevadas cumbres del monte Ida, algunos fuegos dispersos que se juntan por las madrugadas y forman un globo luciente que recorre el espacio[66].

[65] Opinión de Heráclito: Jenófanes pensaba también que había un Sol para cada clima.