En primer término, el caballo á los tres años de su vida se halla en la fuerza de su edad; pero no así el hombre, que todavía en ese tiempo busca el pecho que lo amamanta; el número de años que disminuye la fuerza de los caballos y obliga á éstos á rendirse bajo el peso de la vejez, es el mismo que representa la juventud del hombre y la época en que éste fortifica sus miembros y en que su rostro se cubre de vello. No creas que de la unión de semillas de caballos y de hombres pueda formarse centauros, ni que haya sido posible la existencia de Escilas que tuviesen la mitad inferior del cuerpo de figura y forma de perro, ni otros monstruos de este género compuestos de miembros incompatibles porque pertenezcan á seres que tienen diferente desarrollo, diversa juventud, muy distinta índole, son excitados por Venus, de maneras varias, tienen otras costumbres y se alimentan con substancias diferentes; pues ya sabemos que nutre á las cabras la cicuta que es veneno mortífero para los hombres.

Las llamas queman y consumen el rojizo cuerpo de los leones, lo mismo que las vísceras y sangre de todos los animales. ¿Cómo pudiera suceder que ese monstruo de triple constitución llamado Quimera, con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón, pudiera arrojar de su cuerpo fuego á llamaradas? Afirmar que por ser nueva la Tierra, y el Cielo reciente, era muy posible que se produjesen tantos monstruos, sin que en apoyo de esta idea se halle más razón que la vana y frívola de la novedad, es dar motivo para las fantásticas y absurdas suposiciones de la fábula: debe decirse lo mismo respecto de la suposición de que por las tierras circulasen ríos de oro; de que las flores de los arbustos fuesen de diamantes, y de que los hombres dotados estuviesen de fuerza y de estatura bastantes para saltar de un paso la vasta superficie de los mares y para hacer girar con las manos todo el cielo. Aunque la Tierra contenía innumerables gérmenes productores, de los cuales se formaron muchas especies de animales, no por eso hemos de creer que pudiese producir seres de elementos opuestos, y unir en un mismo individuo miembros de animales diferentes; es lo cierto que plantas, mieses y arbustos que la faz de la tierra cubren, nunca nacen juntos y confundidos, sino tiene cada uno su peculiar esfera y conservan todos las diferencias que la Naturaleza les ha señalado.

923. Et genus humanum multò fuit illud in arvis...

El género humano, en aquel tiempo en que andaba por los campos vagabundo, tenía más vigor que hoy, lo cual debería suceder porque la Tierra que lo había producido era también más vigorosa; los huesos del hombre eran más sólidos y más robustos; sus nervios más fuertes, sus vísceras más enérgicas; el frío no le molestaba, el calor no le afligía; ni le inquietaba la alimentación ni le preocupaban las dolencias; para él pasaban los años con indiferencia mientras vivía errante y formaba rebaño como las fieras; no trabajaba con el duro arado, ni mullía la tierra con el hierro, ni sembraba arbustos ni manejaba la hoz para podar las ramas de los altos árboles; aplacaba su hambre con lo que espontáneamente le daban el Sol, la lluvia, la Tierra; las encinas glandíferas le ofrecían abundante sustento, y las madroñeras que en el invierno se cargan de frutos de color purpurino, eran entonces más numerosas y más fecundas; el mundo, en fin, en los albores de su concreción, daba clases variadas de alimentos que, para los míseros mortales, estaban siempre de sobra. Para saciar la sed convidaban los ríos y las fuentes, y, como ahora, las aguas descendían murmuradoras desde elevadas montañas y á los animales advertían que de ellas podían beber hasta saciarse. Por la noche los hombres se acomodaban en grutas que después se llamaron templos de las ninfas, donde brotaban claros manantiales que lavaban las húmedas rocas; las húmedas rocas de centelleante musgo cubiertas, desde las cuales caían las aguas lentamente sobre las planicies para correr después abundantes por los campos.

Ni sabían utilizar el fuego ni aprovechar las pieles y otros despojos de los brutos para cubrir su desnudez; se refugiaban de la inclemencia del tiempo en lo hueco de los montes, en las selvas y florestas, y apiñados afrontaban el ímpetu de los vientos y de las lluvias. No comprendían los intereses comunes, y por tanto no habían regulado sus relaciones y tratos; cada cual se apoderaba de lo que tenía á mano: la Naturaleza no había despertado en ellos más deseo que el de vivir cada uno para sí mismo. Venus en las selvas juntaba á los amantes; á veces un mutuo ardor los conciliaba; en ocasiones el hombre acudía á la violencia para satisfacer su encendido afán, ó ganaba la condescendencia femenina por dádivas de bellotas, de madroños ó de selecta pera. De las manos y de los piés se valían para hacer guerra á los feroces animales y lanzarles pedradas á distancia, ó de cerca darles golpes con palos; de esta manera vencían á algunos, pero con frecuencia tenían que huir de ellos y buscar refugio en las cavernas. Cuando llegaba la noche, se tendían desnudos en el suelo como los jabalíes y se tapaban con hojas y ramas; no es de creer que temerosos de la noche[70] errantes por las selvas, invocaran entre gritos y lamentos la claridad del día: por lo contrario, silenciosos y entregados á profundo sueño, esperaban que el Sol con su espléndido fulgor bañase de luz el cielo: acostumbrados á ver desde la infancia que en tiempos continuados la luz y las sombras se suceden, no se admiraban de que así ocurriera, ni temían que una interminable noche sepultase al mundo en las tinieblas después de apagar la claridad diurna. Les ocasionaban, sí, positivo temor las fieras que invadían sus moradas, perturbaban su reposo y les causaban graves daños: muchas veces, intempestivamente, durante la noche, eran visitados por el fiero león ó por el cerdoso jabalí, y llenos de temor se veían precisados á escaparse por el techo de piedra y dejar su lecho de hojas á tan incómodos huéspedes.

[70] Tradición india.

Y no por lo dicho ha de suponerse que la muerte hiciera más estrago que ahora entre los hombres; cierto es que muchos eran cogidos y devorados por las fieras, á las cuales ofrecían continuado banquete con su cuerpo, mientras con lamentos llenaban los bosques y las montañas; verdad es que algunas veces veían cómo sus miembros palpitantes eran encerrados en viviente sepulcro; también es cierto que no pocos hombres, aunque lograban escapar de las garras feroces, llevaban el cuerpo lleno de heridas, cuyos bordes oprimían con mano convulsa entre horribles dolores que les arrancaban gritos para llamar la muerte, y que al cabo, sin obtener alivio y sin saber curar sus heridas, de las que se apoderaban los gusanos, perdían la vida. Pero no eran como ahora llevados á la guerra millares de soldados que mueren en un solo día, en un solo instante; ni los buques arrojaban á muchas personas contra los escollos; entonces, sin peligro alguno para los hombres, el mar levantaba airado sus ondas ó apacible las calmaba: la tranquilidad de las aguas no era bastante seducción para nadie; el arte de navegar, tan homicida, no había comenzado; en la nada estaba sumido. Tal vez en remotos días la muerte era consecuencia de falta de alimentación; hoy la abundancia es causa del mismo efecto; quizá entonces, por ignorancia, los hombres morían envenenados; hoy el arte los envenena.

1009. Indè casas postquam, ac pelles, ignemque parârunt...

Tan pronto como fué conocido el uso de las chozas, de las pieles y del fuego, y vivieron en mutuo consorcio una mujer y un hombre, y éstos saborearon las honestas delicias del matrimonio y vieron prole de ellos mismos formada, el linaje humano comenzó á adquirir suaves costumbres; el fuego permitió que sobrellevaran las molestias del frío aquellos que ya no podían sufrir los rigores del invierno bajo la techumbre del cielo; Venus templó las rudezas y luego los hijos ablandaron fácilmente la dura índole de los padres: en esta situación se creó amistad entre los hombres que se habían establecido en lugares inmediatos, y fruto de ella fué el respeto mutuo y la protección concedida á la debilidad de las mujeres y de los niños, pues con voces inarticuladas y con gestos debieron de convenir en que la conmiseración por conveniencia de todos se debía otorgar á la flaqueza. Sin duda alguna este último acuerdo no fué general, pero innegablemente fué observado con lealtad por los más y los mejores, pues de lo contrario la raza humana se hubiera extinguido y no habría llegado hasta nuestros días.

La Naturaleza enseñó á usar de la lengua para emitir diferentes sonidos, y la necesidad sugirió la idea de dar nombres á las cosas, como vemos que incita á los niños que aún no saben hablar para que señalen con el dedo los objetos que desean. Cada ser experimenta impulsos acomodados á las energías de que dispone; aún el novillo no tiene astas y ya da topetazos inofensivos con la frente; los cachorros de la pantera y de la leona, antes de que dispongan de uñas y de dientes, tratan de morder y de rasgar; los hijuelos de todas las aves ensayan temblorosos vuelos antes de que las alas auxilien sus esfuerzos. Por tanto, sería locura el pensar que un solo hombre pudiera denominar todas las cosas, y luego los otros no hicieran más que imitarle; pues evidente es que si un hombre pudo articular palabras y emitir varios sonidos, los otros hombres podrían hacer lo mismo en igual tiempo.