Añadamos que si los hombres en sus relaciones no hubieran hecho uso de palabras, no habrían llegado á conocer la importancia de ellas, y por este motivo el que las hubiese inventado no habría podido llevar adelante su proyecto en favor de un lenguaje. Ningún hombre tendría fuerza bastante para hacer aprender á los otros los nombres que hubiera querido aplicar á las cosas, ni habría podido hacerse entender por medio de signos orales que los otros no conocían. Nadie prestaría oídos y dedicaría su atención á lecciones explicadas con sonidos completamente extraños, los cuales herirían sus órganos auditivos inútilmente. Y ¿por qué ha de sorprendernos que la raza humana, poseedora de órganos apropiados para significar las impresiones que la afectan, haya designado con voces especiales todas y cada una de las cosas que le rodean ó le interesan, cuando vemos que los animales domésticos y aun las mismas fieras con gritos de inflexiones distintas representan el dolor que los embarga, el miedo que los oprime, el gusto que los seduce? Estos hechos están patentes para la observación: el mastín, de formidables mandíbulas, cuando en un primer acceso de ira, contraídos los labios, muestra los temibles dientes que castañetean, lanza ladridos amenazadores que se diferencian mucho de los que emplea en otras ocasiones para significar su alarma; y cuando acaricia á sus cachorros, á los cuales da golpes con las patas desuñadas, lame con languidez y muerde con dientes amorosos, también da gritos de alegría que no pueden confundirse con los aullidos que deja oir en la soledad, ni con los gañidos que emite cuando temeroso evita el látigo de su dueño.
¿Relincha el caballo de igual modo cuando impulsado por ardoroso instinto pasa con gallardo brío por entre las yeguas, ó cuando el estrépito de las armas lo conmueve, ó cuando otra causa excita sus miembros? Por último, los pájaros, las aves de toda clase, como el halcón, el quebrantahuesos y el mergo que busca en las olas marinas su necesario sustento, dan gritos diferentes según varían las circunstancias en que se encuentran; el graznido que usan cuando toman su alimento no es el mismo que emiten cuando porfiadamente defienden una presa. También hay algunas aves que modifican su canto con arreglo al estado atmosférico: se encuentran en ese caso la antigua especie de la corneja y la grey del cuervo, los cuales, según dicen, crascitan de modo especial para anunciar viento, lluvia ó tormentas. Y pues los animales, aunque mudos sean, disponen de variedad de tonos en la voz con arreglo á las impresiones que reciben, ¿por qué no ha de considerarse natural el hecho de que los hombres hayan designado las cosas diferentes con palabras diversas?
1090. Illud in his rebus tacitus ne fortè requiras...
Para que en silencio no te quede alguna duda, te diré desde luego que el rayo pudo proporcionar fuego á los mortales y ser el foco de llamas que nosotros utilizamos, como aún hoy vemos que á veces en la Tierra arden muchos cuerpos encendidos por el rayo formado en las alturas; pero también observamos que largas ramas de copudos árboles azotados por el viento rozan con otras ramas de árboles vecinos, y de empeñada colisión, entre unas y otras sostenida, brotan centellas luminosas que llevan el incendio á la arboleda; pudo, pues, el fuego tener también este origen.
El Sol nos enseñó á cocer y á ablandar las substancias dedicadas para nuestras comidas, porque los hombres notaron que los rayos del astro luminoso maduran los frutos de la Tierra; y desde que adquirieron ese conocimiento introdujeron en las costumbres y en los alimentos sucesivos cambios para los cuales el fuego sirvió de motivo fundamental.
Los señores comenzaron á edificar ciudades y á erigir castillos que les sirviesen para defensa y para refugio: los ganados y los campos fueron distribuidos, y en el reparto obtuvieron beneficio los hombres que sobresalían por su belleza, por su fuerza ó por su ingenio, que fueron en el comienzo de las sociedades los únicos signos de distinción: fué después inventada la riqueza, y apareció el oro que asumió todo valimiento y todo honor; pues sabido es que la belleza y la fuerza se rinden humildes ante el poder convencional del oro.
Regla de conducta debe ser para el hombre que arregla su vida á los dictados de la razón el considerar que las mayores riquezas consisten en la moderación y en la justicia; no es pobre el que poco desea. Hombres hay, no obstante, que hacen depender su tranquilidad y su fortuna de la opulencia y del poder; ¡error grave!: tan numeroso es el concurso de los que aspiran á obtener riquezas, que se ha hecho difícil y peligrosa la empinada senda que á ellas conduce, y aun muchas veces los que alcanzan sus alturas sirven de blanco á los dardos de la envidia que los precipita, con desprecio, al Tártaro profundo. Más vale obedecer en paz que gobernar en guerra. Dignos de lástima son los que envueltos en sudor y en sangre luchan ciegos en la estrecha vía de la ambición; no comprenden que la envidia, como el rayo, ataca principalmente los puntos elevados, y como se guían por ajeno parecer, ajustan sus actos más á lo que oyen que á sus propios pensamientos. Así los hombres son y han sido siempre, y así en lo sucesivo habrán de ser.
Pero después de las matanzas hechas por los reyes, la majestad de ellos, sus tronos, sus cetros, y los adornos ensangrentados con que la frente cubrían fueron arrojados al suelo, escarnecidos y pisoteados por las multitudes, porque llega un día en que se conculca aquello que en el anterior por miedo se adoraba; el poder volvió entonces á los pueblos, y como todos los hombres no podían gobernar, se eligieron algunos magistrados que ejercieran esa función, y se dictaron órdenes, á las cuales, por conveniencia general, todos los individuos de las tribus se hubieron de someter, pues cansados de vivir entre violencias, odios é inquietudes, estimaron agradable el yugo de la ley como garantía del derecho. Terribles eran los resultados de las meditadas venganzas (que nuestras justas leyes no toleran), y los hombres, ansiosos de salir de aquella situación de zozobras y desconfianzas, establecieron penas y castigos que engendran temores. La injusticia y la iniquidad caen en sus propios lazos; sus efectos revierten á los que las producen, pues no hay descanso ni reposo para aquel que infringe las leyes sociales, el cual, por más que se oculte de los dioses y de los hombres, vivirá siempre con recelo de que su delito se divulgue, supuesto que han existido muchos malvados que durante el sueño ó en el delirio de la fiebre de aguda enfermedad han declarado los crímenes que hubieran cometido y que habían sabido ocultar durante muchos años.
1160. Nunc quæ causa Deum per magnas numina gentes...
No es difícil de explicar ahora la serie de ideas que llevaron á las gentes á admitir en el mundo la intervención de dioses, en cuya honra, y por cuyo temor los pueblos levantaron altares, establecieron ritos, instituyeron ceremonias que forzosamente han de preceder y acompañar al desarrollo de toda empresa; erigieron templos, dedicaron días de fiesta, inventaron cultos. La raza humana en aquellos tiempos, aun durante la vigilia, creía ver en todas partes egregias imágenes de dioses que alcanzaban proporciones gigantescas bajo las ilusiones del sueño, y á las cuales suponía dotadas ya de sensaciones, ya de actividad, porque se le figuraba que movían los miembros y que hablaban con arrogancia como correspondía á su majestuosa figura y amplias fuerzas; les atribuía la inmortalidad, porque siempre se las representaba con igual belleza y forma, y consideraba que los dioses no habían de estar sujetos á mudanzas, porque á su volumen y resistencia no habría poder capaz de producir daño; al mismo tiempo, la prole humana tenía por muy felices á los dioses, porque los suponía exentos del temor de la muerte y se imaginaba que habían de estar con agrado entretenidos en labores maravillosas.