Cuando, además, consideraba el orden constante y regular del Cielo y el cambio periódico de las estaciones y no sabía explicarse la causa de esos fenómenos, hallaba cómodo el pensar que eran árbitros de la Naturaleza unos dioses que disponían de todas las cosas á su antojo. Y supuso colocada la residencia de esos dioses allá en las mismas alturas donde entendía que el Sol y la Luna habitan y se mueven; donde creía ver que surge la luz, nacen las sombras, se forman los meteoros, giran las noctívagas estrellas, vuelan fuegos errantes, se condensan las nubes, soplan los vientos, se forja el rayo y tienen su origen las heladas nieves, los destructores granizos, las furiosas tempestades, los horrísonos truenos que le parecían espantoso eco de las amenazas de los dioses.
Infeliz especie humana, que atribuye tales hechos á seres imaginarios, á los cuales considera influidos por acerbas iras. ¡Cuántos gemidos ha arrancado, cuántas heridas ha abierto, cuántas lágrimas ha producido á la descendencia de los hombres esa invención! La piedad no puede consistir en cubrirse la cabeza con espesos velos, dar vueltas alrededor de una estatua y visitar altares; ni tampoco en prosternarse y levantar las manos ante los templos de los dioses, y menos en inundar las aras con la sangre de cuadrúpedos, ni en hacer votos con juramento, sino en observar atentamente con ánimo sereno los sucesos todos. Cuando se levanta la vista y se contemplan los palacios celestiales del Universo, las regiones etéreas tachonadas de estrellas rutilantes y el movimiento regular del Sol y de la Luna, siente el pecho cierta vaga inquietud que anubla la abrumada frente, porque se recela que exista un alto poder capaz de gobernar á su gusto los astros; pero las dudas que asaltan la mente engendradas son por la ignorancia, la cual hace temer que el mundo haya tenido principio y tenga, por tanto, fin; que sus murallas no puedan resistir el movimiento y los choques á que están expuestas, y que, aun admitido un divino creador de la mansión terrestre, ésta no pueda vencer las inmensas dificultades de una eterna duración.
Y, además de lo dicho, ¿á quién no apoca el ánimo el espanto de los dioses, y á quién no causa estremecimientos de pavor el trepidar de la Tierra cuando ruge el estruendo formidable de horrísona tormenta y retumba el rayo en los ámbitos del Cielo? ¿No se asustan en esas ocasiones los pueblos y los individuos? Los soberbios reyes, por el temor poseídos, ¿no se abrazan temblorosos á las imágenes de sus dioses, de las que esperan que aplacen el momento en que hayan de sufrir el temido castigo correspondiente á sus crímenes? Y cuando viento impetuoso encrespa las ondas del mar y barre de la cubierta de los buques las legiones y los elefantes que llevan, el jefe de la flota, ¿no procura con súplicas, votos y promesas, aplacar la ira de los dioses para que el viento deponga su furor, se calmen las olas y el tiempo abonance? Pero clama en vano, y tal vez envuelto en agitado torbellino sea lanzado sobre las rocas donde halle infausta muerte. Parece, sin duda, que un poder oculto se burla de las preocupaciones humanas y considera despreciables las hoces y las segures que los hombres tienen en tanta estima[71]. Y si el hombre observa que bajo sus piés la Tierra se estremece y que en ocasiones las ciudades se convierten en ruinas, ¿tiene algo de extraño que de su propia debilidad persuadido crea en poderes misteriosos de ilimitada fuerza que gobiernen arbitrariamente el Universo?
[71] En opinión del traductor, Lucrecio se expresa aquí (versos 1232 á 1235 del canto V) en sentido irónico. Bayle, Gassendi, Molière, Pongerville y Lima Leitao interpretan de otro modo el pasaje transcrito.
1240. Quod superest, æs, atque aurû, ferrûque repertû est...
Más adelante se descubrieron el bronce, el oro, el hierro, la pesada plata y la esencia del plomo cuando las ingentes selvas de los elevados montes quedaron consumidas por el fuego, ya fuera éste prendido por el rayo, bien propagado en las florestas por los guerreros para combatirse los unos á los otros, ya encendido por hombres pacíficos deseosos de convertir las selvas en prados y tierras de labor, ó quizá utilizado por esos mismos para destruir las fieras, con cuyos despojos intentaran enriquecerse, pues el foso y el fuego se emplearon en las empresas venatorias antes de que se destinaran para ellas la engañadora red y la ruidosa jauría. Como quiera que fuese, cuando las llamas con chisporroteos crujientes devoraron los bosques y consumieron desde las altas ramas hasta las profundas raíces de los árboles, la Tierra, lo mismo que si hubiera sido cocida por el fuego, de sus abrasadas venas produjo ríos de oro, de plata, de bronce y de plomo que se precipitaron á los sitios cóncavos, donde, enfriados, ofrecieron color brillante, lustre, gracia, y al solidificarse tomaron la forma de las cavidades que los contenían. Al observar este último fenómeno, los hombres tuvieron la idea de fundir los metales y hacer con ellos objetos de distinta figura, después de batidos y adelgazados; de esta manera llegaron á fabricar unas armas que sirvieron para ataque y defensa en las batallas, otras para labrar las tierras y otras para serrar, pulir, cortar, abrir á golpes, romper y taladrar. Quisieron hacer del oro y de la plata el mismo uso que del bronce, pero inútilmente, porque ninguno de esos metales tenía la dureza necesaria para el áspero trabajo á que lo destinaban: por este motivo el bronce era muy estimado, mientras que el oro se miraba como inútil, porque fácilmente se embotaba la punta de las armas que se fundían con él; hoy, por lo contrario, el bronce ha caído en depreciación, y el oro es tenido en alta estima. Así todo muda en el tiempo: lo que un día estuvo en auge, al siguiente cayó en descrédito; lo que una vez estuvo en olvido, otra vez fué muy celebrado y de todos los hombres mereció alabanzas, honores y agasajos.
Ahora, mediante los datos que ya tienes, puedes comprender cómo se llegó al uso del hierro: las primeras y más antiguas armas fueron las manos, las uñas, los dientes, las piedras, las ramas de los árboles, y, por último, las llamas y el fuego tan pronto como fueron conocidos: poco tiempo después se descubrieron el hierro y el bronce, pero el bronce fué primeramente utilizado porque se ofrecía en abundancia y era fácil de trabajar: de bronce eran los instrumentos para labrar la tierra, las armas usadas en los combates y las empleadas para llevar la muerte por todos los sitios y proteger el hurto de ganados, pues los hombres, desnudos é inermes, se veían en la precisión de ceder ante los que llevaban armas. El hierro fué después convertido en espada; la hoz de bronce perdió la preferencia; la tierra se trabajó con férreo arado, y la voluble suerte de los combates fué encomendada al hierro.
Antes de que se usara el carro tirado por dos corceles montaban los guerreros en caballos cuyos frenos dirigían con la mano izquierda mientras con la derecha peleaban; después de la biga se inventaron la cuadriga y los carros falcíferos; más adelante, el Cartaginés astuto adiestró para los combates el torreado elefante de trompa anguina que soporta las heridas y pone en dispersión á las turbas de Marte: poco á poco la discordia acumuló medios destructores y la guerra se hizo cada vez más horrorosa; en ella tomaron parte enfurecidos toros, crueles jabalíes enseñados para atacar á los enemigos, y aun leones poderosos usados por los Partos en las avanzadas de su ejército. Esos terribles animales, sujetos por fuertes frenos y conducidos por hombres convenientemente armados para moderar la bravura de las fieras, cuando sentían la sangre humeante se enardecían, dispersaban los ejércitos de un lado y de otro, sacudían la melena, y, sin que nadie pudiese contenerlos, se lanzaban á la matanza; entonces los caballos, aterrorizados con los rugidos, no obedecían al jinete, se revolvían y en carrera desenfrenada huían hacia el campo enemigo. Las leonas con furia corrían indistintamente de un ejército á otro, destruían cuanto encontraban á su paso, atacaban por la espalda á sus víctimas, y después de herirlas y de arrojarlas á tierra se entretenían en despedazarlas con sus terribles dientes y sus corvas uñas. Los toros embrocaban y pisoteaban á los jabalíes y amurcaban á los caballos, á los cuales, todavía después de muertos embestían con rabia. Los jabalíes, de prolongados colmillos, mataban á sus propios aliados, y cuando las flechas teñidas en sangre se quebraban en su cuerpo, con nueva irritación hacían destrozos entre infantes y caballeros: en vano era que los corceles para evitar las dentelladas de esas fieras se encabritaran, porque pronto sucumbían con las extremidades posteriores destrozadas. Aun los mismos brutos domesticados, cuando se hallaban en el foco de la batalla y de la furia, entre lamentos, gritos, horrores, heridas, estrago, recobraban su olvidada ferocidad, y sin que nadie pudiera sujetarlos se dispersaban, como vemos que los elefantes gravemente heridos en las guerras de nuestros días, después de hacer muchos destrozos en el ejército á que pertenecen, huyen despavoridos. Así en los tiempos ya pasados sucedió, y así hoy ocurre; pero creo que los hombres no habrán dejado quizá de presentir y de ver que tantos desastres producen grandes sufrimientos, no sólo para los que han sido sus causantes, sino también para las generaciones futuras. Y puedes creer que este mal no ha de limitarse á nuestro mundo, sino á todos los mundos formados con vario origen. Tal vez la fiereza revelada en esas luchas no haya sido inspirada por el exclusivo deseo de la victoria, sino por el instinto de propia defensa que mueve á hacer el mayor daño posible al enemigo que fiado en su fuerza amenaza con la muerte.
1349. Nexilis antè fuit vestis, quam textile tegmen...
Vestidos anudados se usaban antes de que fuera inventado el telar; los tejidos fueron posteriores á la aplicación del hierro, porque las telas usadas ahora se prepararon con auxilio del hierro, que permitió la construcción de instrumentos delicados, tales como el cilindro, las cárcolas, el huso, el peine y la ruidosa lanzadera.