La Naturaleza indujo al hombre antes que á la mujer á trabajar la lana, porque el hombre es más ingenioso y más apto para las artes que la mujer; pero el agricultor, después de reconvenirse por dedicar su tiempo á delicadas labores, entregó éstas á su compañera y se reservó los ejercicios penosos que, después de todo, se acomodaban á la contextura de sus miembros y de sus manos.
Igualmente enseñó la Naturaleza en el principio de las sociedades á hacer las operaciones de siembra y de injerto, porque pudo observarse que de los árboles caían al suelo semillas que después, en apropiados tiempos, daban numerosos retoños; también se ensayó el ingerir brotes de una planta en otra y trasladar los arbustos: de este modo, por medio de multiplicadas tentativas, el cultivo de los campos se mejoró, y con las esmeradas labores de las tierras se consiguió ablandar los frutos salvajes. Los bosques reducidos quedaron á los más altos montes, al mismo tiempo que por las planicies y colinas se extendieron los campos cultivados, el prado, el lago, el arroyo, y con pujante lozanía el trigo, la viña y el verdoso olivar que ocupó las llanuras y montículos. Este sistema de trabajo por muchos años seguido ha dado vida á esos amenos lugares que ves llenos de árboles frutales de variedad encantadora.
Mucho antes de que los hombres supieran con harmonioso acento entonar versos agradables para el oído, habían intentado imitar con su voz el suave gorjeo de los pájaros; el céfiro que, al introducirse en lo hueco de las cañas, silba, guió al hombre para inventar los cálamos agrestes; la flauta, luego, animada por dedos flexibles y acompañada por el canto, se usó en las apartadas selvas, en los bosques, en las sombrías soledades que dieron á los pastores los primeros motivos musicales para entretener sus ocios, pues indudable es que el tiempo da ocasión para que se creen las artes que después el ingenio perfecciona. En estos dulces recreos se entretenían, con ellos alegraban su ánimo después de haber satisfecho la necesidad de alimentarse, pues todas las aspiraciones eran entonces muy sencillas: muchas veces, reunidos los pastores en sitio agradable, tendidos junto á la fuente, bajo la sombra de un árbol, gozaban del placer más puro, especialmente cuando la alegre primavera cubría los verdes prados con matizadas flores; conversaban con ingenuidad, jugaban con inocencia, reían candorosamente y en sus entretenimientos daban vida á la musa agreste; se adornaban la cabeza con brillantes coronas de flores y los hombros con guirnaldas; con rudos piés sin medida ni concierto golpeaban la tierra, madre de todos, y entre carcajadas se divertían de su propia impericia y se aconsejaban para dar novedad á sus pasatiempos. En ocasiones, á fin de estar vigilantes y defenderse del sueño, cantaban con variaciones de tono y recorrían con los labios á medio cerrar los agujeros del cálamo. También hoy pasamos distraídos las veladas, y aunque ajustamos nuestros recreos á reglas de buen gusto no saboreamos con certeza el agrado y la dulzura de nuestros ratos de solaz en mayor proporción que la gente rústica de otros días.
En mucho estimamos lo que está presente, si antes no hemos conocido algo mejor; pero lo nuevo perjudica á lo antiguo, y cambia las costumbres; así hemos despreciado el fruto de la encina, el lecho de hojas secas y el uso de las pieles: también el vestido formado con restos de fieras fué en su tiempo una extraña novedad, y no me atreveré á decir que su inventor no fuera objeto de enconada envidia; quizá el infeliz sucumbiera víctima de la traición de algunos que se apoderaran de sus despojos teñidos en sangre, aunque los asesinos fueran de cierto incapaces para aprovechar útilmente el fruto de su maldad[72].
[72] La amarga ironía de Lucrecio deja comprender los sufrimientos morales que debería tener por vivir en lucha contra el convencionalismo religioso de su época.
En aquellos tiempos remotos se luchaba por la posesión de pieles de animales; hoy se combate por obtener el oro y la púrpura; más culpables somos indudablemente que nuestros antecesores, porque ellos necesitaban las pieles para preservarse del frío, y nosotros para ningún objeto de verdadera precisión utilizamos el oro, la púrpura y los ricos bordados, ya que para vestirnos serían suficientes las plebeyas telas. ¡Es triste que la raza humana gaste la vida en contiendas y disgustos motivados por cosas fútiles, y no ponga freno á la codicia que la corroe, quizá porque aún no sabe que los goces puros tienen un límite que no se puede franquear sin peligro! Las vanidades quebrantan la existencia de los individuos, crean perturbaciones entre los pueblos y originan guerras que destruyen las sociedades.
1435 á 1456. At vigiles Mundi magnum et versatile templum...
El Sol y la Luna, antorchas luminosas que con luz perenne recorren toda la extensión del movedizo templo del mundo, enseñan á los hombres que los tiempos se repiten en constantes estaciones, porque todo en la Naturaleza existe con sujeción á leyes fijas y con orden invariable.
Ya el hombre vivía abrigado en sus palacios, ya en la Tierra se habían constituido las naciones, y el mar era surcado por numerosos buques, y en vigor había pactos federativos entre los pueblos, cuando los poetas comenzaron á consignar en versos los hechos pasados; pero como los elementos de la escritura eran de muy reciente invención, nuestra Edad apenas conoce de los pueblos antiguos más sucesos que los indagados por el raciocinio, apoyado en los vestigios existentes.
Las artes de la navegación, del cultivo de los campos, de las fortificaciones, de la aplicación de las leyes, de la fabricación de armas, apertura de caminos, tejidos de telas y otras de igual utilidad, y también las artes recreativas como la poesía, la pintura y la escultura, de la necesidad y de la experiencia han sido fruto. Paulatinamente el tiempo, en oportuna sazón, ha producido inventos que la industria humana ha mejorado; más adelante las artes se han concedido mutuo auxilio, y de este modo se elevarán hasta la cumbre de la perfección.