LIBRO SEXTO
1. Primæ frugiferos fœtus mortalibus ægris...
La primera ciudad que á los hombres facilitó con abundancia los frutos de los campos y proporcionó comodidades por virtud de sabias leyes que supo dictar fué Atenas, de nombre esclarecido, ciudad insigne que hizo placentera la vida al producir aquel varón ilustre, nacido solamente para anunciar verdades, el cual, aunque fallecido ya hace mucho tiempo, como recompensa por las investigaciones divinas que hizo y divulgó conserva su gloria hasta los cielos elevada. Ese genio, cuando vió que los hombres, aun con el uso de muchas cosas originarias de satisfacciones, riquezas, honores, grandezas, reputación distinguida transmisible á los descendientes, llevaban el corazón á duras penas reducido y el ánimo sujeto á esclavitud de tristes incertidumbres, pensó que el mal no estaba en las cosas, sino en el hombre mismo, es decir, no en el líquido, sino en el vaso, que por estar envenenado corrompe todo lo que en él se vierte, ó que nunca se llena por ser excesivamente permeable, ó que da ingrato sabor á su contenido por estar manchado interiormente. Con sanas verdades empezó á limpiar el corazón de los seres humanos; encerró la codicia y el temor de éstos en reducida esfera; hizo conocer en qué consiste el sumo bien á que todos podemos aspirar y el camino que á su posesión en línea recta nos lleva; investigó la causa de los males que los hombres sufren; explicó los motivos de que todas las personas, según sus peculiares condiciones, estén sujetas á contingencias engendradas necesariamente por la Naturaleza y atribuidas por necedad al acaso ó á la fortuna; hizo patente el medio libertador de todas las preocupaciones, y mostró al género humano cuán vanos y fútiles son los temores que inquietan el pecho. Como niños que de todo tienen miedo por la noche, así nosotros durante el día nos vemos rodeados por ilusorias sombras y fantasmas vanos que no se disipan con el rayo solar ó con la luz diurna, pero que se desvanecen mediante el uso de la razón tranquila y el estudio reflexivo de la Naturaleza[73]: investiguemos con perseverancia sus arcanos.
[73] Hay aquí siete versos del canto II, repetido también en el III.
Y como ya he demostrado que el mundo es perecedero, que el cielo ha tenido principio y que los cuerpos todos por cuanto nacieron han de caer en disolución, escucha, pues, el resto de mi discurso, ya que he limpiado de estorbos mi camino y tengo la esperanza de poder recorrerlo con mi carro victorioso. En presencia de los fenómenos que se desarrollan en el Cielo y en la Tierra, los hombres, sobrecogidos por el temor, con ánimo humillado han creído en dioses, y ante la fingida representación de éstos se han postrado, porque la ignorancia de las causas de los fenómenos les ha permitido pensar que todo lo existente podía estar sometido al imperio de seres arbitrarios y que todo lo que no se podían explicar era obra de númenes. Aquellos mismos que están convencidos de que los dioses por nada se preocupan y de que todas las cosas de la Naturaleza se realizan dentro de un orden invariable, cuando los ojos levantan para contemplar las etéreas regiones vuelven á caer en superstición religiosa y admiten la existencia de tiranos á los cuales ¡míseros! atribuyen supremo y despótico poder para repartir á su capricho el bien y el mal, porque ignoran las condiciones de lo que puede ser y de lo que no puede ser, y los límites en que toda energía se encierra: este error fundamental trasciende á toda la esfera de su pensamiento. Si no apartas de tu mente esas ideas, si no crees que tales cuidados son impropios de los dioses é incompatibles con la paz de que gozan, tendrás presentes sus imágenes en todo momento, no porque pura substancia de dioses pueda ser de enconos susceptible y de entretenerse en preparar crueles castigos, sino porque tú mismo, si crees que hay dioses movidos por resentimientos, no tendrás un instante de paz, no entrarás sosegado en los templos, y los simulacros de sus cuerpos santos como nuncios de sus divinas formas, á ti no llegarán sin que la inquietud y el temor te agiten. De este proceder ¡qué vida tan triste se origina! Aunque en servicio de la razón he expuesto ya muchas verdades, me restan por declarar otras de las que te hablaré en pulidos versos, con especialidad referentes á los fenómenos del Cielo. Trataré, pues, de los efectos de las tempestades y del rayo, para que te abstengas de considerar el Cielo dividido en partes, y de indagar cuál es la que dió origen al fuego, dónde estaba éste escondido, la manera cómo pudo rasgar las capas del espacio y salir de ellas sin hallar obstáculo, efectos que sólo puede atribuir á seres imaginarios el que desconoce la causa de que proceden. Y para que pueda llegar felizmente al término de mi carrera, muéstrame el camino que debo recorrer, hábil Musa Calíope, recreo de los hombres y encanto de los dioses, pues si tú me guías ganaré corona insigne de alto aprecio.
95. Principio Tonitru quatiuntur cærula Cœli...
El cerúleo firmamento es perturbado con ruidoso trueno cuando nubes impelidas por contrarios vientos se mueven en las altas regiones del aire y chocan entre sí: el sonido, sin embargo, no parte del sitio en que sereno el Cielo se muestre; allí donde las nubes se condensan y se amontonan es donde se engendra el estampido redoblante del bronco trueno. Las nubes son cuerpos cuya densidad es extraordinariamente menor que la de la madera ó de las piedras, pero mayor que la de la nieve y la del humo, como lo hace patente el hecho de que no se rinden bajo su propia gravedad como ceden las piedras, y reunen en sí materiales para la formación del granizo y de la nieve, que el humo no podría contener.
Unas veces en la ilimitada extensión del espacio producen las nubes ruido semejante al que ocasionan en los teatros los fluctuantes paños pendientes de las vigas y columnas de esos edificios; otras veces lo mismo que si fuesen rotas violentamente por los vientos crepitan como tenues láminas que se rasgan, y éste es el crujido propio de los truenos, ó como hojas de papiro que vuelan llevadas por el viento, ó como ropas colgadas sacudidas por el vendaval; también algunas veces no chocan las nubes unas con otras, sino corren juntas en la misma dirección y se tropiezan y rozan con ruido seco y prolongado que lastima nuestro oído y dura hasta que se desenlazan.