Cuando en días tempestuosos los rayos solares se hallan en oposición á las nubes que se deshacen en lluvia, del fondo obscuro de la atmósfera se destacan los colores del arco iris. Y cuanto á los otros meteoros que en las alturas se ofrecen y tienen relación con las nubes y los vientos, como las nieves, el granizo y el hielo que las aguas endurece y con frecuencia anula el ímpetu de veloces ríos, fácil es por sus efectos determinar sus orígenes, especialmente cuando se conocen las propiedades de los elementos simples y por ellas el poder que éstos desarrollan.

Ahora escucha mis razonamientos acerca del origen de los terremotos: sin duda la Tierra es interiormente lo mismo que en el exterior, y así como en la superficie suya hay vientos, cavernas, lagos, lagunas, precipicios y rocas, también se hallarán en el seno de la Tierra: ríos internos habrá en gran número, los cuales con su impetuosa corriente arrastrarán sumergidas rocas; y razonable es afirmar que cosas iguales dondequiera que se hallen han de parecerse.

Admitidas como conformes á la realidad estas ideas, se comprenderá que la Tierra sufra estremecimientos cuando se derrumben en su seno enormes cavernas abatidas por la acción del tiempo: montañas que en lo interior de la Tierra se desploman han de producir profundos sacudimientos que en lo exterior se dejen sentir como temblores á veces espantosos: de igual manera un carro aunque no sea muy pesado hace tremer los edificios de las calles por donde pasa, y lo mismo acontece cuando brioso caballo arrastra una carroza cuyas ruedas están férreamente guarnecidas.

Quizá masa enorme de tierra por la vejez quebrantada caiga en depósito de aguas subterráneo y con su caída ocasione á la Tierra un movimiento de trepidación; como vemos que un vaso lleno de agua agitada vacila y no queda inmóvil hasta que el líquido en él contenido entra en reposo.

Cuando el viento reunido en los profundos subterráneos hacia un lado se acumula con todas sus fuerzas y con toda su violencia, la Tierra oscila en igual dirección; y los edificios que sobre ella se encuentran, igualmente se inclinan tanto más cuanto más elevados sean; amenazan ruina; pierden la línea vertical: los hombres ante aquellos indicios temen sucumbir y que la Naturaleza no pueda ya contener la demolición del mundo. Y con efecto, si los vientos no necesitaran reponerse, nada habría capaz de refrenarlos y nada sería suficiente para evitar sus destructores efectos; pero como unas veces se contraen y otras se dilatan, no siempre los peligros se convierten en funestas realidades; la Tierra se levanta después de haberse inclinado; pierde el equilibrio, pero pronto lo recupera por su propio peso. De esta manera se explica que los edificios vacilen más cuanto más elevados son, hasta el punto de que los más bajos apenas sienten las trepidaciones del suelo.

Algunos temblores pueden ser ocasionados por vientos súbitos, impetuosos, que soplan en la superficie de la Tierra; pero otros son producidos por grandes masas de aire que se acumulan en cavernas subterráneas, donde se agitan de mil maneras hasta que abren en la corteza terrestre una salida que se convierte en un abismo: así fueron destruidas la fenicia Sidón y Egina del Peloponeso: innumerables ciudades han sucumbido en grandes terremotos; muchas otras con todos sus habitantes han sido también sorbidas por los mares. Pero si el viento permanece en lo interior de la Tierra, con furioso ímpetu penetra por todas las cavidades que en ella existen y origina fuertes movimientos sísmicos: de modo parecido á éste el frío que penetra en nuestro cuerpo se introduce en nuestros miembros todos y temblor convulsivo nos produce aun contra nuestra voluntad. Durante los terremotos, los moradores de las ciudades, embargados por el miedo, temen que debajo de sus piés y encima de su cabeza la muerte amenazadora se presente: creen que va á hundirse el techo de sus casas y que la Naturaleza de un solo golpe va á desquiciar el mundo para henchir con sus despojos los abiertos é insaciables abismos. Y aun cuando tales temerosas gentes creen que el Cielo y la Tierra son incorruptibles y destinados, por consiguiente, á vida eterna, la presencia del peligro hace vacilar su fe y lleva á su alma el temor de que en la Tierra se abran cavernas profundas en las que el mundo entero se precipite y la Naturaleza de este modo quede convertida en montón informe de ruinas.

605. Nunc ratio reddunda, augmen cur nesciat æquor...

Debo ahora explicar de qué depende que el mar nunca aumente su volumen: causa, en efecto, sorpresa á primera vista, la consideración de que el caudal de aguas que en él penetra, ya procedente de ríos numerosos, ya de tempestades, ora de lluvias, ora de manantiales, no determine crecimiento en el Océano; pero se desvanece la admiración cuando se observa que todas esas masas líquidas que en el mar se pierden con relación á la importancia de éste son como una gota imperceptible.

En cambio, el calor del Sol evapora del mar una cantidad de agua no pequeña; y si los rayos solares pronto dejan secos los vestidos mojados sometidos á su influencia, ¿cuál no será el efecto que produzcan en toda la dilatada extensión de los mares? Hemos, pues, de pensar que el Sol, aunque débil se muestre, por más que en cada sitio del mar produzca escasa evaporación, en el total del Océano ha de causar enormes pérdidas.

También los vientos que barren toda la superficie de los mares han de arrebatar á éstos alguna parte de su caudal: pues observamos que durante una sola noche con su fuerte soplo secan los encharcados caminos y endurecen el barro acuoso.