La elefantiasis es una molestia que domina en las proximidades del Nilo, en medio del Egipto, y no en otra parte; en Ática se padecen dolores de piernas, y en Acaya mal de ojos. De igual modo hay otros muchos lugares que son propensos á varios dolores, sin duda por la influencia del aire. Cuando éste, saturado ya de miasmas infectos, forma corrientes que invaden algunas comarcas, se extienden por ellas con lentitud como las nubes y corrompen su atmósfera; al llegar á la nuestra, la inficiona, se la asimila, pero la hace extraña á nosotros mismos.
El contagio de la nueva calamidad prontamente se apodera de las aguas, se posesiona de los frutos de la tierra y de otras substancias que sirven de alimento á los hombres y de pasto á los animales, y se mezcla con el aire que nos vemos precisados á respirar, aun cuando conozcamos el peligro de absorber el veneno que lo emponzoña. Con igual energía que á los hombres, la pestilencia ataca á la especie bovina y á los baladores rebaños. El mismo efecto nos produciría el aspirar voluntariamente un aire viciado, que el apropiarnos por necesidad el que la Naturaleza nos proporciona, dañado con substancias nocivas para nuestra salud y para nuestra vida.
Una epidemia de esa clase causada por vapores mortíferos ocasionó horribles estragos en Cecropia, y dejó desiertos sus campos y ciudades; hizo su aparición en el centro de Egipto; por el aire atravesó el espacio, por el mar recorrió las distancias, y se estableció en los muros de Pandión, cuyos habitantes fueron víctimas de repugnante dolencia ó de angustiosa muerte[76]. La enfermedad se iniciaba por una intensa fiebre, á la que seguía fuerte dolor de cabeza; después los ojos de los pacientes se entumecían é inflamaban, su laringe se llenaba de úlceras que brotaban negra sangre y obstruían los conductos de la voz; su lengua, intérprete del ánimo, rodeada por ensangrentada costra purulenta, quedaba inmóvil aunque penetrada por dolor agudo; con las secreciones ponzoñosas que se escurrían por el esófago de los enfermos, éstos sentían que el mal se amparaba de su pecho, se apoderaba de su corazón y entorpecía todos los hilos de la vida; su boca exhalaba hedor no menos fétido que el de cadáveres corrompidos; su alma carecía de fuerzas para manifestarse, y su cuerpo, como desmadejado, parecía yacer tendido á las puertas de la muerte. Pero luego sobrevenían aflicciones y tormentos nuevos, estertores profundos, gemidos redoblados por el día y por la noche, rigidez en los miembros, nerviosas contracciones, extenuación, abatimiento, fatigas; los pacientes no tenían mucho calor en su piel, y sus extremidades estaban templadas, y eso no obstante, su cuerpo lleno de profundas llagas, parecía rojo, como si lo hubiese invadido la erisipela; fuego interior consumía á los desdichados, y les penetraba los huesos; en su estómago, como si fuese encendida hornaza, ardía llama devoradora; les abrumaba el peso de las ropas, y se exponían desnudos al frío y al aire; algunos, impelidos por el ardor que les quemaba las entrañas, en su furor desesperado se precipitaban á helados ríos; otros, rabiosamente, con la boca abierta, se arrojaban á los pozos, como si quisieran beberse toda el agua que en ellos encontraran, aun cuando la sed que sufrían tan insaciable era con un torrente como con la que pudiera contener un pequeño vaso; el malestar no les permitía punto de reposo; sus miembros se rendían abatidos; ningún bienestar les proporcionaba la medicina, que ante la epidemia se declaraba impotente; faltos de sueño, movían con frenesí los ojos desencajados, sufrían mortales angustias, horror y espanto perturbadores de la mente, ira y tristeza manifestadas con fruncimientos de cejas y convulsiones del rostro, zumbido en los oídos, respiración anhelante, sudor que les bañaba el cuello, tos violenta que entre ahogos les arrancaba tenues y escasos esputos de color amarillento y de sabor salado, retorsiones de las manos, temblor intenso, frío helado, que desde los piés avanzaba poco á poco hasta dominar el tronco. Ya en el último período, los enfermos tenían la nariz comprimida y afilada, los ojos y las sienes hundidos, la piel fría y dura, los labios estirados, el semblante horroroso. Y en ese estado morían; á los ocho ó diez días de enfermedad exhalaban el último suspiro. Si alguno de los atacados podía librarse de la muerte, porque sus abiertas llagas supurasen todo el humor corrompido que en ellas se contenía, ó porque expulsara abundante cantidad de negras materias excrementicias, al cabo, en una próxima recaída perdía la existencia; de la nariz le brotaba sangre fétida, penosos dolores de cabeza le torturaban, y de este modo sus fuerzas se extinguían. Si la hemorragia se contenía pronto, la dolencia aparecía en los nervios, se extendía á los miembros todos, y se fijaba especialmente en los órganos de la generación; algunos enfermos, guiados por el instinto de conservar la vida, entregaban al cortante hierro la parte de su cuerpo elegida por el mal; unos perdían la característica de su viril sexo, otros las manos, otros los piés; ¡tan grande era el horror que la muerte inspiraba! Había personas que perdían totalmente sus facultades intelectuales, y ni aun siquiera conservaban idea de su propia personalidad. Aunque los cadáveres quedaban insepultos y yacían amontonados, ni los cuadrúpedos ni las aves de rapiña se les aproximaban por no poder resistir el pestilente olor que despedían; si los tocaba algún animal, éste era en el acto víctima de la muerte: ni ave alguna osaba mostrarse á la luz del día, ni las fieras dejaban por las noches el obscuro bosque; la epidemia había debilitado á todas y mataba á muchas; los perros, animales fieles, caían abatidos en las calles, y entre fatigas y horribles tormentos, quedaban sin vida, que la dolencia les arrebataba. Los cadáveres eran sacados sin pompa alguna de las casas. No había remedio conocido contra el mal; la medicina que había asegurado á unos enfermos el goce de la vida y el disfrute de la luz del Sol, precipitaba la ruina de otros.
[76] La peste de Atenas, con sujeción á los datos que se hallan en el segundo libro de Tucídides, es descrita magistralmente por Lucrecio, que dió á Virgilio el modelo para pintar la peste de los animales en el tercer libro de sus Geórgicas.
1227 á 1283. Illud in his rebus miserandum et magnopere unum...
Lo más aflictivo y terrible en aquel período calamitoso, era que todo el que se hallaba acometido por la dolencia, sabía desde luego que iba á morir; y, como criminal sentenciado á la última pena, veía de continuo ante sus ojos la amenaza de la muerte y perecía entre desesperaciones y terrores. Numerosas víctimas hacía el contagio; la enfermedad se propagaba fácilmente de unos individuos á otros; aquellos que por miedo á la muerte huían de la vista de sus deudos y amigos sucumbían también, pero sin recibir el menor socorro, abandonados, lo mismo que ganado vacuno ó rebaño lanígero; y los que auxiliaban á parientes y amigos y por decoro ó compasión entraban en lucha con la pestilencia, entre dolores, quejas, lamentos y ayes eran arrollados por la asoladora catástrofe, que de este modo la vida se llevó de los mejores ciudadanos; muchos, después de haber inhumado los restos de todas las personas de su estima, fatigados, tristes, lacrimosos, dominados por el espanto, abatidos, cansados y sin fuerzas, se tendían en el lecho donde, rendidos, se entregaban á la muerte. En aquel tiempo no se veían por todos sitios más que enfermos desesperados, cadáveres en montón, enlutados que arrastraban su pena. Lo mismo el pastor de cualquiera clase de animales que el robusto conductor del corvo arado eran vencidos por la epidemia, y allá, ocultos en sus chozas, languidecían de dolores y de miseria y espiraban. Revueltos yacían los cadáveres de los padres y de los hijos: éstos daban el último suspiro sobre el cuerpo, inanimado ya, de la madre ó del padre. El mayor contingente que á la enfermedad se ofrecía era procedente de los campos, cuyos moradores, tan pronto como experimentaban los primeros síntomas de la dolencia, se acogían á la ciudad, en la cual la muerte hallaba juntas numerosas víctimas en todas las casas.
Muchos hombres, tocados por la peste, morían en las calles; otros, movidos por sed abrasadora, á rastras, con mil trabajos, llegaban á las fuentes públicas donde bebían con ánimo de hartarse, pero antes de conseguirlo, morían sofocados. Los caminos se hallaban invadidos por enfermos, desfallecidos, moribundos, cubiertos de harapos y llenos de podredumbres, con los huesos descarnados en algunos sitios y en otros con la piel lívida, llena de llagas que manaban asqueroso pus y ya con la corrosión misma de la tumba. Despojos impuros de la muerte habían sido con profusión depositados en los alcázares de los dioses; cadáveres en gran número eran llevados á los templos, cuyos guardas á su antojo disponían de sus improvisados huéspedes sin tratar de inquirir cuál fuese la religión y cuáles fueran los dioses de cada uno, porque el dolor excedía á toda preocupación; las ceremonias fúnebres, con tanto rigor observadas en otro tiempo, se habían dejado olvidadas: la consternación era general; los habitantes, como dislocados, en todas sus acciones daban pruebas de la perturbación que les trastornaba el juicio; cada uno enterraba á sus parientes como podía; de hogueras preparadas por unas familias, otras extrañas se apoderaban á viva fuerza para sus difuntos, y entre clamores ingentes sostenían sangrientos combates á fin de impedir que arrojaran de la pira los cadáveres antes de que fueran consumidos por el fuego[77].
[77] Es probable que Lucrecio dejara sin terminar su poema, como se advierte que lo dejó sin corregir.
FIN DE LA OBRA