Repetiré ahora para auxiliar tu memoria que todos los cuerpos son porosos como he demostrado al principio de la presente obra poética: esta afirmación envuelve un dato fundamental para el conocimiento de muchas verdades, y especialmente para la dilucidación del asunto que voy ahora á tratar: necesario se hace, por tanto, que insista en la prueba de que las moléculas componentes de todos los cuerpos están separadas por pequeños intersticios. Por las bóvedas de las grutas se filtra el agua gota á gota; en todas las partes de nuestro cuerpo hay conductos para la transpiración; de nuestra piel brota la barba y el vello; el alimento diluido en los conductos venosos lleva la vida y el sostenimiento á todos los miembros y órganos del cuerpo y no priva de su influencia ni aun á las uñas; el calor y el frío se transmiten á través del bronce, y pasan la plata y el oro, como puede comprobarse en vasos de uno de esos metales que tengamos en la mano y en los que hayamos vertido cualquiera substancia líquida; los sonidos y algunos olores fuertes atraviesan gruesos muros; el calor y el frío traspasan las corazas de hierro que sirven para ceñir el cuerpo; muchas enfermedades infecciosas penetran en nosotros por las puertas de nuestros poros porque la Tierra y los aires están llenos de corpúsculos que se insinúan en nosotros y nos dañan. Después de fijarnos en esos detalles, convendremos en que ningún cuerpo carece de poros. También sucede que las emanaciones de los seres no tienen todas las mismas propiedades, y, por tanto, no producen igual efecto en todos los cuerpos sobre los cuales obran: el Sol que seca y endurece la tierra también derrite el hielo, liquida enormes témpanos de nieves aglomerados en la cima de las montañas y disuelve la cera; el fuego que licua el oro y el bronce, aprieta y condensa las carnes y las pieles; el agua que endurece el hierro ablandado por el calor, ablanda la piel y la carne por el calor endurecidas: el pino silvestre, cuyas hojas son para las barbudas cabras manjar delicioso preferible al néctar y á la ambrosía, para los hombres tiene insufrible sabor amargo: el cerdo huye de la mejorana y de toda substancia olorosa como de venenos mortíferos que á nosotros nos deleitan, y, por lo contrario, nosotros consideramos abominable y repugnante el lodo que para el cerdo es delicioso baño, de cuyo disfrute nunca se encuentra satisfecho.

Aún añadiré otra observación antes de entrar de lleno en el estudio del asunto que me he propuesto poner en claro. Los innumerables poros que en el cuerpo hay, por cuanto sirven para funciones diversas, han de ser entre sí desemejantes: es innegable que todos los animales poseen varios sentidos, cada uno de los cuales tiene su especial esfera de actividad: la impresión del sonido se recibe en un propio órgano, en otro la del gusto, en otro la del sabor, con arreglo á muy complejas circunstancias; pero si es cierto que algunos simulacros atraviesan las piedras, otros se introducen por los poros de la madera y otros, como los del calor, pasan á través del oro, de la plata y del vidrio, mientras hay muchos incapaces para comunicarse de ese modo, también debe ser cierto que tan variadas apariencias de un mismo fenómeno en una principalísima parte sean debidas, como ya en otra ocasión he demostrado, á las diferencias de los huecos ó poros que la Naturaleza deja abiertos entre las moléculas de todos los cuerpos. Conocidos estos antecedentes, se nos muestra al descubierto la causa que origina la atracción del hierro.

Primeramente, es necesario que de la piedra magnética se desprenda una especie de fluido muy activo que tenga la propiedad de rarificar el aire que media entre la misma piedra y la anilla ó cualquier otro objeto de hierro; luego que de ese modo queda entre los dos cuerpos un espacio vacío las exhalaciones de los elementos férricos se precipitan en él y la anilla de que proceden seguirá la misma dirección. No hay cuerpo que tenga sus moléculas más apretadas ni sus elementos más estrechamente unidos que el hierro, cuya estructura, por lo densa, es más inaccesible para el calor: por ese motivo no es de admirar que si las partículas componentes de una anilla de hierro se dirigen hacia el vacío, la anilla íntegra siga la misma ruta hasta encontrar la piedra magnética á la cual quede unida por invisibles lazos. Las emanaciones magnéticas forman alrededor de la piedra que las produce una especie de circuito y quedan sujetos á su acción todos los cuerpos de hierro que en él se hallen, los cuales, como no pueden por su propia gravedad elevarse en las auras, han de recibir sucesivas impulsiones del aire.

Otro motivo hay que favorece la progresión y aumenta el movimiento de la anilla, la cual, no bien se halla dentro del vacío formado por la piedra magnética es empujada hacia adelante por las capas de aire que la rodean; y como el mismo aire penetra también en los intersticios del hierro, obra en la anilla de igual modo que el viento cuando hincha las velas de un buque é impulsa la marcha de éste. Los cuerpos contienen aire en sus poros; y ese fluido sutilísimo que permanece oculto en el hierro, agitado por la influencia del imán que sobre la anilla obra contribuirá también de varias maneras á que ésta siga la dirección que la atrae.

Pero la piedra magnética unas veces atrae al hierro y otras lo rechaza: en Samotracia tuve ocasión de ver una cubeta de bronce en la cual habían introducido trozos y limaduras de hierro y encima de ellos una piedra imán: el hierro se movía de un lado á otro como fugitivo impaciente; parecía que el bronce había provocado una discordia entre aquellos cuerpos: este fenómeno que observé quizá proviniera de que las exhalaciones vaporosas del bronce habían ocupado los intersticios del hierro antes de que las de la piedra de Magnesia hubieran podido en ellos penetrar, y tal vez estas últimas pugnaran por apoderarse de la substancia férrica y henchir su tejido: lo cierto es que mediante la interposición del bronce el hierro siempre rechaza al imán, al cual fácilmente se adhiere en otras circunstancias.

Y se comprende bien que la piedra magnética no atraiga á todos los cuerpos: el oro, por su densidad, no es accesible á su influencia; la madera tiene poros muy abiertos y por ellos pasan las emanaciones del imán sin producir efecto; pero el hierro, con respecto á su textura, se halla colocado entre aquellas dos substancias; y cuando está impregnado en moléculas de bronce la piedra magnética lo rechaza.

Pero no todos los cuerpos son extraños á especiales uniones, y pudiera citarte muchos casos de afinidad íntima entre cosas diferentes: la cal sirve de lazo para juntar unas piedras con otras; con la pasta hecha de piel de toro los trozos de madera se unen de tal modo, que podrán romperse por cualquiera parte más bien que por los bordes adheridos con auxilio de la cola; el jugo de la uva se mezcla muy bien con los raudales cristalinos de murmuradoras fuentes, alianza que no puede aquélla efectuar con la pez, que es muy pesada, ni con el aceite, que es muy ligero; el color purpúreo del conchil se identifica notablemente con la tela de lana, y no pueden separarse con el agua, aunque ésta se emplease en la misma cantidad que los mares juntos contienen; el oro y la plata perfectamente se incorporan; varias clases de cobre con el plomo forman distintas especies de bronce. De muchos otros enlaces y de otras varias aleaciones pudiera hablarte; pero considero que una detenida relación de este género sería inútil y además te produciría cansancio y enojo, cuando persigo el objeto de hablarte poco para decirte mucho. La alianza de cuerpos que tienen prominencias correspondientes á depresiones de otros afines resulta perfecta y durable: también los cuerpos se ligan fuertemente por medio de anillos ó de ganchos; y de esta manera última es como se establece la unión entre las moléculas de la piedra de Magnesia y las del hierro.

1087. Nunc, ratio quæ sit morbis, aut unde repentè...

Ahora te explicaré el origen de las epidemias que de improviso invaden muchas veces algunas comarcas y causan horrible mortandad entre los hombres y entre las bestias. En primer término, existen en el espacio, como ya te he demostrado, muchísimos corpúsculos, de los cuales unos son favorables á la vida y otros son auxiliares de la muerte. Cuando estos últimos se congregan casualmente en gran número, inficionan el aire y perturban la marcha regular de la existencia. Los gérmenes de enfermedades pestilentes, ó vienen transportados por las nubes y las tempestades, quizá desde lejanos climas, ó surgen del mismo país mediante alteraciones producidas en el cielo y en la atmósfera, por intempestivas lluvias y calores excesivos. ¿No has observado que los productos de una región llevados á otra se resienten y se corrompen con la mudanza de clima y de aguas? La influencia del aire es evidente: ¿es el mismo el cielo británico y el de Egipto por donde el eje del mundo se abate[75]? ¿Es igual la temperatura media del Ponto, y la que desde las poblaciones gaditanas se extiende hasta los territorios en que el calor del Sol ennegrece á la raza humana? Aunque esas cuatro regiones se hallan expuestas á todos los vientos, bajo un mismo cielo, hay tanta diferencia en el color y la fisonomía de sus respectivos habitantes, como en las dolencias á que estos últimos están expuestos.

[75] Lucrecio entendía que el eje del mundo se levantaba hacia el Norte y se bajaba en el Sur; y, por tanto, creía que en Egipto comenzaba su declinación.