—¿Quién eres, señor, quién eres?—exclamó la princesa atónita y deslumbrada.
—Soy tu esposo, soy el que dió la salud á la hija de Jairo, que padecía el mal que tú padeciste; soy el que dijo: «Cualquiera que dejase casa, ó hermanos, ó hermanas, ó padre, ó madre, ó mujer, ó hijos, ó tierras por mi nombre, recibirá ciento por uno, y poseerá la vida eterna.»
En la orilla del lago azul que hoy llaman de San Vicente, y está en tierra de Briviesca, hay una pobre ermita, donde vivió solitaria la hija del rey moro de Toledo, que hoy llaman Santa Casilda.
LA FLORECITA AZUL
UN niño de seis años murió en la aurora de un bello día de estío, y el ángel de su guarda bajó á buscar su alma inocente, y con ella se remontó á los cielos.
Ya habían abandonado la opulenta ciudad donde quedaban los padres del niño muerto; ya habían perdido de vista los campos de trigo donde cantaba la alondra, los bosques en que resonaban las risas de los leñadores, los jardines cubiertos de flores y de frutas, y el ángel de la guarda no había mirado nada. Pero cuando llegaron en su vuelo el ángel y el alma del niño á cruzar sobre una pobre aldea, aquél se detuvo y sus ojos buscaron una callejuela solitaria, á cuyos lados se veían algunas míseras cabañas.
La hierba crecía entre las piedras de la mísera calle como prueba de su silencio y abandono, y en muchos sitios se veían cenizas arrojadas al viento y groseros platos de barro rotos.
El ángel miró tristemente y durante largo tiempo aquel pobre y abandonado sitio; pero de repente su celeste mirada fué á posarse en una florecita azul que un rayo de sol había abierto y que parecía sonreir á la tierra: el ángel dejó oir un grito de alegría: abatió su vuelo y fué á cogerla.
El alma del inocente muerto preguntó entonces al ángel:...
—¿Por qué te detienes ante esta flor sin perfume y sin belleza?