—¿Á cómo son estas jaulitas?
—Á cuatro pesetas.
—¡Hombre, por Dios! No diga usted disparates. ¿Quiere usted dos pesetas?
—No, señor; es precio fijo....
El pajarero volvió las espaldas; se puso á dar de comer á un loro que está delicado y no come con su propio pico.
—Oiga usted—gritó D. Sinforoso desde la puerta.—¿No quiere usted vender?
—Sí, señor; pero no puedo perder el tiempo.
—Vamos, póngase usted en razón. ¿Quiere usted las dos pesetas?
—He dicho que no.