La perra dirige á la señora una mirada de infinita ternura y se pone á lamer á los viajeros, uno por uno, hasta que llega á un fabricante de corchos, hombre iracundo, sin fe religiosa, ni aseo personal, que al sentirse lamido suelta un terno y quiere matar á la perra con el lío de los paraguas.

Los demás viajeros conseguimos tranquilizarle, y la señora se ve acometida de un estremecimiento nervioso, y comienza á herir la delicadeza del fabricante desatándose en improperios contra los corchos, hasta que llega el interventor del tren y exige el billete de la perra con mal talante.

—¿Cómo?—grita la señora.—Un animalito que no pasa de los seis años, ¿va á pagar billete entero, como si fuese una persona mayor?

—No hay más remedio.

—Pues esto es un abuso, y en cuanto llegue á Madrid se lo contaré todo á Conejo, que es de la mayoría parlamentaria y se tutea con un primo de Salvador.

Al fin se conmueve el empleado, y exige sólo por la perra el importe de medio billete, considerándola niña de lanas.

Y en éstas y las otras llegamos á Manresa, donde hay varios viajeros esperando el tren para tomarlo poco menos que á la bayoneta.

La señora se pone de pie delante de la portezuela á fin de evitar el asalto, pero ellos no cejan en su propósito y atropellan todo lo existente.

Entre los recién llegados figura un teniente de carabineros que viaja con un saco de noche, dos sombrereras, una escopeta de dos cañones y un manojo de sables atados con un cordel. La perra ve aquellos instrumentos mortíferos y se pone á ladrar como una loca.

—Aquí no hay sitio para todo ese equipaje—dice la señora estrechando á la perra contra su corazón.