—Huye del hombre—le decía:—huye siempre; no pretendas luchar con él.

Eres señor absoluto de los demás animales, no los temas; domínalos, castígalos, devóralos si tienes hambre.

Con todos puedes luchar, á todos puedes vencer; pero no pretendas luchar con el hombre: te daría muerte y sin piedad, porque es cruel, más cruel que nosotros.

—¿Tan fuerte es el hombre?—preguntó el hijo.

—No es fuerte, no—replicó el padre.—Y continuó diciendo:—De un latigazo de tu cola le podrías lanzar por los aires como al más miserable animalejo.

—¿Sus dientes, sus colmillos, son poderosos?

—Son despreciables y ridículos: valen menos que los de un ratoncillo.

—¿Sus uñas, son tan potentes como mis zarpas?

—Son mezquinas y á veces las lleva sucias; no, por las zarpas no conseguiría vencerte.

—¿Tendrá melenas como éstas, que nosotros sacudimos orgullosos?