—No las tiene, y algunos son calvos.
Aquí el león moribundo abrió enormemente la espantosa boca..., y lanzó el último rugido.
Después sólo pronunció estas palabras:
—Mi consejo, mi último consejo; no luches con el hombre... huye... huye del hombre....
Se estremeció su cuerpo; dobló majestuosamente la cabeza, y murió el león padre.
Empezó el reinado del león hijo.
Cuando éste comprendió que su padre había muerto, no lloró, porque los leones no lloran; pero se tendió junto á él, acercó su cabeza enorme á la enorme cabeza del león difunto, y así se quedó un rato. Los dos hocicos se unieron: el ardiente y el helado. Las dos melenas se mezclaron....
Al fin el hijo se levantó: sacudió cola y melenas y rugió....
Salió de la caverna: á zarpazos hizo rodar unos cuantos pedruscos, hasta cerrar completamente la entrada. El león muerto tenía ya su tumba, ni más ni menos que un faraón.
El león vivo se alejó por el monte y trompeteó el nuevo reinado con tres poderosos rugidos; pero aquella noche no devoró á ningún animal: no tenía hambre. Durmió poco y lo poco que durmió fué soñando con el último consejo de su padre. ¡El hombre! ¡El hombre! ¿Por qué? ¿Sería el hombre tan temible?