—¿Cómo más barato? ¿de segunda? ¿de tercera? ¿á una estación más próxima? ¿Escorial; Ávila...?

—¡Ávila, sí... Ávila... justamente Ávila...! respondió con energía la niña.—Dudó el empleado un momento; al fin se encogió de hombros... y entregó los dos billetes, devolviendo muy aligerado el portamonedas.

Sonó la campana de aviso; salieron los chicos disparados al andén; metiéronse en el primer vagón que vieron, sin pensar en buscar un departamento donde fuesen solos; y con gran asombro del turista americano que ya acomodaba en un rincón su valija de cuero, al verse dentro del coche se agarraron de la cintura y empezaron á bailar.

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¿Cómo principió aquella pasión devoradora? Pues empezó del modo más sencillo, más inocente y más bobo. Empezó por una manía. Ambos eran coleccionistas....

El papá de Serafina, llamada Finita, y la mamá de Francisco, llamado Currín, se trataban poco; ni siquiera se visitaban, á pesar de vivir en la misma opulenta casa del barrio de Salamanca: en el primer piso el papá de Finita, y en el segundo la mamá de Currín. Currín y Finita, en cambio, se encontraban muy á menudo en la escalera, cuando él iba á clase y ella salía para su colegio....

Cierta mañana, al bajar las escaleras, Currín notó que Finita llevaba bajo el brazo un objeto, un libro rojo, ¡libro tantas veces codiciado y soñado por él!... Rogó á Finita que le enseñase el magnífico álbum de sellos. Finita accedió á los ruegos de Currín: pusieron el álbum sobre la repisa de la ventana, y se dieron á hojearlo con vivacidad.—«Esta hoja es del Perú. Mira, los de las islas Hawai. Tengo la colección completa.»

Y desfilaban los minúsculos y artísticos grabaditos con que cada nación marca y autoriza su correspondencia.... Currín se embelesaba, y chillaba de vez en cuando dando brincos: «¡Ay! ¡Ay! ¡qué rebonito! Éste no lo tengo yo...» Por fin, al llegar á uno muy raro de la república de Liberia, no pudo contenerse. «¿Me lo das?»—«Toma;» respondió con expansión Finita. «Gracias, hermosa;» contestó el galán; y como Finita, al oir el requiebro, se pusiese color de la cubierta de su álbum, Currín reparó en que Finita era muy guapa, sobre todo así, colorada de placer y con los ojos brillantes, negros, rebosando alegría.

«¿Sabes que te he de decir una cosa?»—murmuró el chico.—«Anda, dímela.»—«Hoy no.»—La doncella que acompañaba á Finita al colegio, había mostrado hasta aquel instante risueña tolerancia con la escena filatélica; pero le pareció que se prolongaba mucho, y pronunció un «vamos, señorita,» que significaba: «Hay que ir al colegio....»

Currín se quedó admirando su sello y pensando en Finita. Era Currín un chico dulce de carácter, no muy travieso, aficionado á los dramas tristes, á las novelas de aventuras extraordinarias, y á leer versos y aprendérselos de memoria. Siempre estaba pensando en que le había de suceder algo raro y maravilloso; de noche soñaba mucho, y con cosas del otro mundo ó con algo procedente de sus lecturas. Desde que coleccionaba sellos, soñaba también con viajes de circumnavegación y países desconocidos....