Al otro día, nuevo encuentro en la escalera. Currín llevaba duplicados de sellos para obsequiar á Finita. En cuanto la dama vió al galán, sonrió y se acercó con misterio. «Aquí te traigo esto,» balbuceó él. Finita puso un dedo sobre los labios, como para indicar al chico que se recatase de la doncella; pero constándole á Currín que no había en el obsequio de los sellos malicia alguna, fué muy resuelto á entregarlos. Finita se quedó al parecer algo chafada: sin duda esperaba otra cosa: y llegándose vivamente á Currín, le dijo entre dientes:

—¿Y... y aquello?

—¿Aquello...?

—Lo que me ibas á decir ayer.

Currín suspiró, se miró las botas, y pronunció esta tontería:

—Si no era nada...

—¡Cómo nada!—articuló Finita furiosa.—¡Qué idiota! ¿Nada, eh?

Y el muchacho, dando tormento al rey Leopoldo de Bélgica que apretaba entre sus dedos, se puso muy cerquita del oído de la niña, y murmuró suavemente: «Sí, era algo... Quería decirte que eres... ¡más guapita!» Y espantado de su osadía, echó á correr escalera abajo.

Al otro día, Currín escribió unos versos en que decía á Finita:

Nace el amor de la nada;
De una mirada tranquila;
Al girar de una pupila
Se halla un alma enamorada.