Graves autores aseguran que Currín los sacó de un libro que le prestó un compañero. Mas ¿qué importa? El caso es que Currín se sentía como lo pintaban los versos: enamorado, atrozmente enamorado. No pensaba más que en Finita; se sacaba la raya esmeradamente, se compró una corbata nueva, y suspiraba á solas.
Al fin de la semana eran novios en regla. La doncella cerraba los ojos... ó no veía, creyendo que allí se hablaba buenamente de sellos....
Cierta tarde creyó el portero que soñaba, y se frotó los ojos. ¿No era aquélla la señorita Serafina, que pasaba sola, con un bolsillo de piel al brazo? ¿Y no era aquél que iba detrás el señorito Currín? ¿Y no se subían los dos á un coche de punto? ¡Jesús, María y José! Pero ¡cómo están los tiempos y las costumbres! Y ¿á dónde irán? ¿Aviso ó no aviso á los padres? ¿Qué hace en este apuro un hombre de bien?
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—Oye,—decía Finita á Currín, apenas el tren se puso en marcha.—Ávila ¿cómo es? ¿Muy grande? ¿Bonita, lo mismo que París?
—No...—respondió Currín con cierto escepticismo amargo.—Debe de ser un pueblo de pesca.
—Pues entonces... no conviene que nos quedemos allí. Hay que seguir á París. Yo quiero ver París; y también quiero ver las Pirámides de Egipto.
—Sí...—murmuró Currín, por cuya boca hablaba el buen sentido y la realidad—pero... ¿y el dinero?
—¿El dinero?—contestó Finita.—Eres bobo. ¡Se pide prestado!
—¿Y á quién?