Eran, pues, las diez y media de la mañana cuando aquel día se paraba el tío Buscabeatas delante de un puesto de verduras del mercado de Cádiz, y le decía á un aburrido polizonte que iba con él:
—¡Éstas son mis calabazas!—¡Prenda V. á ese hombre!
—¡Prenderme á mí! (contestó el revendedor, lleno de sorpresa y de cólera.)—Estas calabazas son mías; yo las he comprado....
—Eso podrá V. contárselo al Alcalde—repuso el tío Buscabeatas.
—¡Que no!
—¡Que sí!
—¡Tío ladrón!
—¡Tío tunante!
—¡Hablen Vds. con más educación...!—dijo con mucha calma el polizonte, dando un puñetazo en el pecho á cada interlocutor.