En esto ya había acudido alguna gente, no tardando en presentarse también allí el Regidor encargado de la policía de los mercados públicos....
Enterada esta digna autoridad de todo lo que pasaba, preguntó al revendedor con majestuoso acento:
—¿Á quién le ha comprado V. esas calabazas?
—Al tío Fulano, vecino de Rota...—respondió el interrogado.
—¡Ése había de ser...! (gritó el tío Buscabeatas.) ¡Cuando su huerta, que es muy mala, le produce poco, se mete á robar en la del vecino!
—Pero, admitida la hipótesis de que á V. le han robado anoche cuarenta calabazas (siguió interrogando el Regidor, volviéndose al viejo hortelano), ¿quién le asegura á V. que éstas, y no otras, son las suyas?
—¡Toma! (replicó el tío Buscabeatas.) ¡Porque las conozco como V. conocerá á sus hijas, si las tiene!—¿No ve V. que las he criado?—Mire V.: ésta se llama cachigordeta; ésta, coloradilla; ésta, Manuela..., porque se parecía mucho á mi hija la menor....
Y el pobre viejo se echó á llorar amarguísimamente.
—Todo eso está muy bien...; pero la ley no se contenta con que usted reconozca sus calabazas. Es menester que.... V. las identifique....
—¡Pues verá V. qué pronto le pruebo yo á todo el mundo, sin moverme de aquí, que esas calabazas se han criado en mi huerta!—dijo el tío Buscabeatas, no sin grande asombro de los circunstantes.