Y soltando en el suelo un lío que llevaba en la mano, agachóse, arrodillándose hasta sentarse sobre los pies, y se puso á desatar tranquilamente las anudadas puntas del pañuelo que lo envolvía.
La admiración del Concejal, del revendedor y del corro subió de punto.
—¿Qué va á sacar de ahí?—se preguntaban todos.
Al mismo tiempo llegó un nuevo curioso á ver qué ocurría en aquel grupo, y habiéndole divisado el revendedor, exclamó:
—¡Me alegro de que llegue V., tío Fulano! Este hombre dice que las calabazas que me vendió usted anoche, y que están aquí oyendo la conversación, son robadas...—Conteste V....
El recién llegado se puso más amarillo que la cera, y trató de irse; pero los circunstantes se lo impidieron materialmente, y el mismo Regidor le mandó quedarse.
En cuanto al tío Buscabeatas, ya se había encarado con el presunto ladrón, diciéndole:
—¡Ahora verá V. lo que es bueno!
El tío Fulano recobró su sangre fría, y expuso:
—Usted es quien ha de ver lo que habla; porque si no prueba, y no podrá probar, su denuncia, lo llevaré á la cárcel por calumniador.—Estas calabazas eran mías; yo las he criado, como todas las que he traído este año á Cádiz, en mi huerta, y nadie podrá probarme lo contrario.