—¡Ahora verá V.!—repitió el tío Buscabeatas acabando de desatar el pañuelo y tirando de él.
Y entonces se desparramaron por el suelo una multitud de trozos de tallo de calabacera, todavía verdes y chorreando jugo, mientras que el viejo hortelano, sentado sobre sus piernas y muerto de risa, dirigía el siguiente discurso al Concejal y á los curiosos:
—Caballeros: ¿no han pagado Vds. nunca contribución? Y ¿no han visto aquel libraco verde que tiene el recaudador, de donde va cortando recibos, dejando allí pegado un tocón, para que luego pueda comprobarse si tal ó cual recibo es falso ó no lo es?
—Lo que V. dice se llama el libro talonario—observó gravemente el Regidor.
—Pues eso es lo que yo traigo aquí: el libro talonario de mi huerta, ó sea los cabos á que estaban unidas estas calabazas antes de que me las robasen.—Miren Vds.—Este cabo era de esta calabaza... Nadie puede dudarlo...—Este otro..., ya lo están Vds. viendo..., era de esta otra.—Este más ancho..., debe de ser de aquélla... ¡Justamente!—Y éste es de ésta... Ése es de ésa... Ésta es de aquél...
Y en tanto que así decía, iba adaptando un cabo ó pedúnculo á la excavación que había quedado en cada calabaza al ser arrancada, y los espectadores veían con asombro que, efectivamente, la base irregular y caprichosa de los pedúnculos convenía del modo más exacto con la figura blanquecina y leve concavidad que presentaban las que pudiéramos llamar cicatrices de las calabazas.
Pusiéronse, pues, en cuclillas los circunstantes, inclusos los polizontes y el mismo Concejal, y comenzaron á ayudarle al tío Buscabeatas en aquella singular comprobación, diciendo todos á un mismo tiempo con pueril regocijo:
—¡Nada! ¡Nada! ¡Es indudable! ¡Miren Vds.!—Éste es de aquí... Ése es de ahí... Aquélla es de éste... Ésta es de aquél...
Y las carcajadas de los grandes se unían á los silbidos de los chicos, á las imprecaciones de las mujeres, á las lágrimas de triunfo y alegría del viejo hortelano y á los empellones que los guindillas daban ya al convicto ladrón, como impacientes por llevárselo á la cárcel.
Excusado es decir que los guindillas tuvieron este gusto; que el tío Fulano se vió obligado desde luego á devolver al revendedor los quince duros que de él había percibido; que el revendedor se los entregó en el acto al tío Buscabeatas, y que éste se marchó á Rota sumamente contento, bien que fuese diciendo por el camino: