El encargado de la sucursal del cosechero de Móstoles oyó aquella misma mañana un gran ruido hacia la praderita interpuesta entre su ventorrillo y el río, y al asomarse á la ventana vió que el río acababa de invadir la pradera y se llevaba las cubas vacías.
De dos saltos se plantó á orilla de la furiosa corriente, y empezó á hacer sobrehumanos esfuerzos á ver si podía salvar las cubas; pero las cubas continuaban navegando río abajo.
El tabernero, ya junto al puente de Toledo, cuando iba perdiendo toda esperanza de rescatarlas y se cansaba de seguirlas, vió á la orilla opuesta á dos de sus mejores parroquianos y les hizo señas para que se lanzaran al río á detenerlas; pero los parroquianos le contestaron, también por señas, que no se atrevían. Era tal el ruido del río, que no era posible entenderse más que por señas; pero el tabernero, creyendo que aquel par de borrachos no se resistirían á lanzarse al agua si les decía que del agua sacarían vino, empezó á gritarles con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Una va llena! ¡una va llena!
Oir Alvar este grito, exhalar otro de sorpresa y alegría, y lanzarse á la calle, todo fué uno. En cuatro minutos recorrió el barrio gritando:
—¡Una ballena en el Manzanares! ¡Una ballena!
Y en seguida tomó la puerta de Toledo y corrió hacia el río, para tener la gloria de ser el primer madrileño que viese la ballena que bajaba por el Manzanares.
Entretanto, Madrid estaba alborotado, porque aquella sorprendente noticia había corrido con la celeridad del relámpago desde la puerta de Toledo á la de Santa Bárbara, desde la puerta de Alcalá á la de Segovia, y desde el Salitre á las Maravillas.
Y el pueblo de la coronada villa del oso, armado de escopetas, de redes, de hachas, de ganchos de trapero, de piquetas, de cuchillos, de navajas de afeitar, de sierras,... afluía en inmenso tropel, estrujándose y pisándose y despachurrándose hacia el Manzanares, cuyos bufidos creía ser los del enorme cetáceo.
Alvar, que llegó á la orilla del Manzanares un poco antes que los dos más ligeros, vió al tabernero que había anunciado la aparición de la ballena al pie de un gran ribazo contemplando sus cubas, que desaparecían allá á lo lejos entre los tumbos de la corriente.