—¿Por dónde va la ballena?—le preguntó con ansia indecible.
—¿Qué ballena?—replicó el tabernero.
—¡Otra te pego! ¿No has gritado que iba por el río abajo una ballena?
—No hay tales carneros. Lo que yo he dicho es que de las cubas que me lleva el río, una va llena.
—¡Rayo de Dios!—exclamó Alvar bramando de cólera.—¡Yo te enseñaré á no pronunciar la V como se pronuncia la B! ¡Toma, y anda á burlarte de la cabra de tu madre!
Y enarbolando el bastón, empezó á medir las costillas al tabernero, que gritaba:
—¡Socorro! ¡Que me matan! ¡Que me dan de palos!
En aquel instante asomaron al ribazo los dos primeros curiosos de las inmensas turbas que se agolpaban hacia el río.
—¿Quién da de palos?—preguntaron los segundos, que no alcanzaban aún á ver el sitio de la paliza.
—Alvar da, Alvar da—contestaron los que lo veían.