—¿Qué desea V., madre María?—le preguntó en un tono que quería parecer sereno.

—Lo de siempre,—contestó la vieja, en cuya mirada noté cierto extravío,—preguntarte en dónde has ocultado á mi niña. Diez años hace que te la has llevado, bien lo sé, y hoy me han dicho en el pueblo que vienes aquí para celebrar tu boda con otra.

—No ignora V., madre María, que su hija murió hace diez años y que yo pagué su entierro para que su hermoso cuerpo descansase en este campo santo. Á mi vez le pregunto: ¿dónde se encuentra la tumba de la pobre Teresa?

—¿Acaso lo sé yo? Un día vine aquí, busqué la cruz que me indicaba el lugar donde me decían que estaba ella, y ¿sabes lo que ví? Un hoyo vacío, y un poco más lejos la tierra recientemente removida. Había cumplido el plazo, y como nadie cuidó de renovarlo y pagar, aquel rincón no pertenecía ya á mi hija, y la habían echado á la fosa donde arrojan á los pobres, á los que entierran de limosna.

—¡Pero eso es una infamia! Yo envié dinero para esa renovación—exclamó Fernando.

—No digo que no, pero la persona á quien tú escribiste estaba gravemente enferma, en dos meses no abrió tu carta y entonces ya era tarde.

El joven bajó la cabeza y no replicó.

—¿Con quién te casas?—le preguntó la vieja.

—Con la señorita Cristina López.

—¿Y cuándo te casas?