—Dentro de tres días.

—Eso será si Teresa lo consiente; ella es tu desposada y no tardará en venir á buscarte.

—Madre María—dijo con tristeza el joven,—Teresa no puede venir; los muertos no salen de los sepulcros.

—Ya me lo dirás mañana temprano; por hoy vete en paz.

—Adiós,—murmuró Fernando, dirigiéndose hacia la salida del cementerio, donde yo le seguí.

—Sin duda te habrá extrañado lo que acabas de ver y oir,—me dijo apenas estuvimos fuera;—pero no será así cuando te cuente esa historia de los primeros años de mi juventud, que deseo conozcas en todos sus detalles. Vamos ahora con Cristina y su madre, que sin duda nos esperan ya; y luego, mientras ellas visitan la casa que hemos de habitar y en la que está mi tía, la futura madrina de mi boda y por la que hacemos hoy este viaje, lo sabrás todo.

Cristina y su madre nos esperaban, en efecto, y juntos nos dirigimos á casa de la tía de Fernando, que estaba situada en la plaza del pueblo, haciendo esquina á una calle estrecha y sombría, en la que, sin saber por qué, entré con una profunda tristeza.

La tía del joven no me agradó; era una señora de unos cincuenta años, alta, delgada, con ojos grises muy pequeños, nariz larga que se inclinaba hacia su barba puntiaguda, y cabellos casi blancos recogidos en una gorra de color obscuro. Estaba muy enferma, y como había servido de madre á Fernando, éste había suplicado á la señora de López que la boda se celebrase en el pueblo, para evitar á su tía las molestias de un viaje que, aunque corto, hubiera sido sumamente penoso para ella.

Mientras las señoras visitaban la casa y recibían á los numerosos amigos que acudieron al saber su llegada, Fernando, que se había obstinado en no subir al piso superior, me llamó, me hizo sentar á su lado, y empezó la prometida historia en estos términos:

—Hace once años, cuando sólo tenía yo veinte, y había acabado la carrera de abogado en Madrid, mi padre me envió una temporada á este pueblo para que hiciese una visita á su única hermana, que es esa señora á quien acabas de ver. Era yo huérfano de madre, me había educado sin sus consejos, lejos también de mi padre, al que retenían fuera de su casa constantes ocupaciones; así es que puedo asegurar que desconocía casi totalmente lo que eran los goces de familia. Aunque heredero de una mediana fortuna, no debía entrar en posesión de ella hasta mi mayor edad; tenía muchos compañeros de estudios, pero ningún amigo; por lo tanto, excusado es decir que, hallándome casi solo en el mundo, me apresuré á aceptar con júbilo lo que mi padre me proponía, poniéndome en camino para este pueblo con el alma inundada de dulces emociones. ¿Correspondió esto á lo que yo esperaba? Seguramente no. Mi tía, á la que no veía desde niño, me fué al pronto repulsiva, por más que se mostrara desde luego cariñosa y tolerante conmigo; el pueblo me pareció triste, á pesar de sus jardines y de las pintorescas casitas que hay en él; sus habitantes poco simpáticos, aunque todos me saludaban con afecto. Me dediqué á la caza, estudié un tanto la botánica, y así se pasó un mes, durante el cual llegué á reconciliarme con mi tía, con el pueblo y con sus moradores.