Una mañana, al volver á casa, encontré, al pasar por una de las habitaciones, á una muchacha de quince á diez y seis años, á la que nunca recordaba haber visto, cosiendo con el mayor afán. Al oir mis pasos alzó la cabeza, y aunque la bajó de nuevo casi en seguida, no fué tan pronto para que no hubiera observado que tenía una frente blanca y pura que adornaban hermosos cabellos castaños, ojos pardos que lanzaban miradas francas é inocentes, una boca pequeña, una nariz más graciosa que perfecta y unas mejillas coloreadas por un suave carmín. No le dirigí la palabra; pero pregunté á un criado quién era, sabiendo por él que venía á coser casi todos los días á casa de mi tía Catalina, que era huérfana de padre, y que mantenía á su madre enferma, de la que era el único sostén.... La historia me interesó; yo era joven, la muchacha hermosa, no habíamos amado nunca; empezamos á hablar, sin que mí tía lo advirtiese, y acabamos por adorarnos. Teresa no había recibido una educación vulgar; hasta los doce ó trece años había estudiado en el convento de religiosas del pueblo, saliendo de él á la muerte de su padre, acaecida hacía cuatro años.

No sé quién refirió á mi tía nuestros amores; ello es que los supo, que me amonestó con dureza, amenazándome con hacerme marchar á Madrid, después de escribírselo todo á mi padre; y desde entonces la joven no volvió á mi casa, y tuve diariamente que saltar las tapias de su jardín para verla y hablarle sin que su madre lo advirtiera, pues también se oponía á nuestras amorosas relaciones.

Así estaban las cosas, cuando hace poco más de diez años caí gravemente enfermo, atacado de unas calenturas contagiosas. Mi tía se alejó de mí, los criados se negaron á asistirme, y entonces María y Teresa se ofrecieron á ser mis enfermeras, no pudiendo oponerse mi tía á ello porque mi estado era cada vez más alarmante y exigía continuos cuidados.

Desde el momento en que Teresa estuvo á mi lado sentí un dulce bienestar, la fiebre desaparecía por instantes; pero se me figuraba ver que las mejillas de mi amada tomaban tintes rojizos, que sus labios estaban comprimidos y ardientes, que sus ojos brillaban con un fuego extraño. La enfermedad que huía de mí, se iba apoderando de ella, y era mi mismo mal el que la devoraba.

—¿Qué tienes?—le pregunté.

—He pedido tanto á Dios que salvase tu vida á costa de la mía,—murmuró la joven,—que me parece que por fin se ha dignado escucharme y me voy á morir antes que tú.

Aquello era cierto; por la noche Teresa se agravó tanto, que no pudo volver á su casa, y mi tía le ofreció su cuarto y su cama para que descansase; entonces estaba profundamente agradecida á los tiernos cuidados de la joven.

Excusado es decir que doña Catalina pensaba renunciar para siempre á su habitación y á su lecho, temiendo el contagio de la enfermedad.

Me restablecí pronto, á medida que el estado de la joven iba siendo peor.

Estaba desesperado, loco. Su madre también empezaba á perder la razón. Un día me dijo el médico: «Ya no hay remedio para este mal.» Y ella también murmuró á mi oído:—«Me muero, pero soy feliz, porque tú me amas y me amarás siempre.»