Permanecí allí breves instantes, y luego, llegada ya la hora de la cena, fuí en busca de la familia y de sus convidados, sentándonos todos á una mesa suntuosamente servida. La cena duró bastante tiempo, y antes de terminarla, un suceso imprevisto vino á turbar la alegría de algunos y á causar profunda impresión en el ánimo de Fernando. Las campanas de la parroquia tocaban de una manera lúgubre; su voz, siempre triste, parecía una queja que hería nuestros oídos á la vez que nuestro corazón.
—¿Á qué tocan?—preguntó Cristina á un criado que estaba cerca de ella.
—Á agonía,—contestó el hombre con tono indiferente.—Aquí en los pueblos, señorita, se toca por todo: cuando uno va á morir, cuando muere, cuando es el funeral y...
—¿Quién está muriendo?—interrumpió Cristina.
—Una joven de diez y siete años.
—¿Cómo se llama?—preguntó Fernando, cuyo rostro estaba lívido.
—Teresa,—dijo el criado.
Doña Catalina le lanzó una mirada furiosa; Fernando bajó los ojos, y observé que sus manos temblaban; en Cristina y su madre sólo se advertía una profunda compasión hacia la infeliz criatura que en lo más hermoso de su vida, en lo más florido de su juventud, iba á abandonar esta tierra por un mundo desconocido....
Fernando, pretextando que el calor que en el comedor hacía era sofocante, pidió permiso para retirarse un momento á la habitación inmediata, y yo le seguí.
—¿Qué te pasa?—le pregunté.