—Se llama Teresa y tiene diez y siete años—murmuró.

—Es una casualidad.

—Una casualidad así, ¿no te parece un mal presagio tres días antes de mi boda?

Procuré distraerle, pero en vano: la campana lanzaba un tañido más fúnebre todavía y Fernando, que conocía aquel toque, me dijo que la enferma había dejado de existir.

Le hice entrar de nuevo en el comedor, y las dulces palabras de Cristina vencieron los temores de Fernando, que permaneció tranquilo hasta las doce de la noche, hora en que todos nos despedimos hasta el día siguiente, retirándonos cada cual á nuestras respectivas habitaciones. La mía tenía una ventana con vistas á la plaza y se hallaba situada debajo de la de mi amigo. Sin saber por qué, no me era posible conciliar el sueño; me puse á leer un rato, escribí otro, y por último me levanté y empecé á pasear con alguna agitación por la alcoba.

Un instante después noté cierto movimiento en la de Fernando, oí abrir varias puertas con sigilo, las pisadas que empezaron á sonar sobre el techo de mi cuarto se perdieron á lo lejos, y un secreto instinto me advirtió que mi presencia era necesaria al joven. Sin darme cuenta de mis acciones, salí precipitadamente en dirección al sitio donde murió Teresa.

Mi amigo se hallaba á dos pasos de la puerta del gabinete sin atreverse á abrirla. Al verme, no pareció extrañar que me hubiera levantado, como si fuera la cosa más natural del mundo, y extendiendo su mano hacia la habitación cerrada, me dijo:

—Hace diez años que no entro ahí.

—Ni hoy entrarás tampoco, exclamé con decisión.

Tú estás loco y has empezado á contagiarme. No debiste nunca volver á esta casa, ni aún á este pueblo.